Goalball, un deporte a oscuras

Nacieron sin ver el mundo o crecieron perdiéndolo de vista. Sea como fuere, desde hace unos años miran la vida con más optimismo al lanzar pesados balones con cascabeles adentro. La Selección peruana de goalball ha conseguido logros que brillan más que las medallas y las copas. ¿Cómo ver con más claridad cuando el horizonte se pinta de negro?

El día que Diana Flores cumplió 27 años se enteró que iba a quedarse ciega. Un fuerte dolor de cabeza y unos punzones en los ojos, aquel 10 de septiembre de 2015, hicieron de una consulta rutinaria el perverso obsequio de la desgracia. Usar lentes de forma perenne se convirtió en el diagnóstico más adverso de toda su vida. El día más luminoso se tornó el más oscuro.

Diana, sentada en la camilla de una clínica limeña, empezó a darse cuenta de la gravedad de su estado cuando el doctor empezó a arremeter con preguntas a su madre, como si ella estuviese ausente. Con quién vive, quién le prepara la comida, quién la atiende.

Solo entonces, mientras su madre lloraba, Diana Flores —exprofesora de baile y madre de dos niños— empezó a ver con claridad: sus tropiezos con personas en la calle, vasos rotos, las invitaciones de baile que no distinguía en las discotecas. Hechos sin importancia hasta esa tarde.

Los exámenes arrojaron retinitis pigmentosa, una enfermedad hereditaria que ocasiona la pérdida gradual e irremediable de la visión, causada por lesiones en la retina.

Los partidos de goalball constan de dos tiempos de 12 minutos. El jugador tiene diez segundos para lanzar el balón. RENATO PAJUELO

—Su hija dejará de ver en unos meses —pronosticó el doctor con desatino.

Pero Diana aún ve. Casi dos años después, cada vez menos, pero ve.

Lo suficiente para saludar. Diana distingue siluetas y manos a quince centímetros. Percibe sombras y luces. Pero desconoce hasta cuándo. La incertidumbre es su única certeza.


Suenan cascabeles en el tercer piso del complejo deportivo Guillermo Dansey, en Malambito, peligroso barrio del Cercado de Lima. Enfrente del edificio, sobre una pared de poco más de un metro de ancho, el rostro de un hombre de cabello corto, ojos pequeños y cejas delineadas con una inscripción debajo pinta el panorama: Marito, tu batería la de Malambo, 1992 at 2012 (sic).

Sobre el lustroso piso de una cancha de futsal, quince jugadores, entre hombres y mujeres, muchos de ellos ciegos congénitos, demuestran tener una mejor visión de la vida, entrenando sus brazos, lanzando balones de un kilo 250 gramos (tres veces más pesados que una pelota de fútbol y cuatro veces más que una de vóley) hacia enormes arcos de techos enanos: nueve metros de ancho por metro 30 de alto. Cada balón tiene dos cascabeles adentro, y ocho agujeros (cuatro arriba y cuatro abajo) para liberar el sonido.

Concebido por el alemán Hans Lorenzen y el austriaco Seep Reindl, como parte de una terapia para rehabilitar a los soldados discapacitados durante la Segunda Guerra Mundial, el goalball es el único deporte paralímpico creado exclusivamente para ciegos o personas de escasa visión. Aunque abrió fuegos en los Juegos Paralímpicos, en 1976, en Toronto (Canadá), en el Perú hay rastros de profesionalidad en el goalball recién desde hace un año y medio, debido a la puesta en marcha de Maximus Project II, un trabajo de inclusión social de la Fundación Arcángeles y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) en seis países de Sudamérica (Colombia, Ecuador, Chile, Paraguay, Uruguay y Perú).

Hasta el año pasado, la Selección peruana de goalball entrenaba en parques y losas de fulbito. Desde enero este polideportivo, construido hace tres años, en la primera cuadra de Guillermo Dansey, se ha convertido en el fortín donde entrenan tres veces por semana por las tardes. Cogidos por el hombro, en grupos de dos o tres, los jugadores suben las escaleras lentamente e ingresan a la cancha. Los solitarios se apoyan con un bastón. Los más experimentados se guían con las paredes. Algunos vienen desde sus casas, y otro tanto del colegio Luis Braille de Comas. Salvo por unos cuantos, el vestuario es aquí mismo, en unas bancas al lado de la cancha. Se confunden en un mismo espacio hombres corpulentos y adolescentes muy delgados en bividí, y mujeres en top. No hay pudor para sus ojos.

Las dimensiones de una cancha de goalball son de 18 metros de largo por 9 metros de ancho. Las líneas están marcadas en alto relieve. RENATO PAJUELO

Los quince jugadores reciben una categoría de acuerdo a su discapacidad visual. B1 si no ven absolutamente nada, B2 si advierten movimientos a cinco centímetros, y B3 si reconocen movimientos a quince centímetros. El goalball es socialista sin ser demagógico: los iguala a todos. Los tres jugadores por equipo deben colocarse obligatoriamente cobertores de ojos.

La práctica inicia con un calentamiento de polichinelas y abdominales. Luego con lanzamientos de un lado a otro, atrapando balones imaginarios. Mientras el entrenador Daniel Aparicio, terapista físico con una especialización en personas con discapacidad en Alemania, hace sonar el pito constantemente para dar sus indicaciones, sus asistentes técnicos amarran sillas con unas soguillas para simular la longitud de los arcos.

La Selección solo cuenta con un par de arcos oficiales, que se encuentran en la Villa Deportiva Nacional (Videna), pues allí se realizaría a mediados de mayo el II campamento internacional de Goalball de Maximus Project II. Perder la visión supone aprender recursos. Y el comando técnico va al mismo tono: tres de los diez balones donados por el proyecto y la Asociación Paralímpica están parchados con cinta adhesiva. Se reventaron hace semanas, pero como no se fabrican en el Perú y se importan de Alemania y Canadá, no le ponen peros al masking tape. Tampoco en Cajamarca, Arequipa y Chimbote, las otras ciudades donde se está sembrando el goalball. Allí entrenan con pelotas de básquetbol que envuelven con bolsas. A falta de cascabeles, plástico.

Luis Cabanillas y Jeannette Canahuire, los asistentes técnicos, empiezan a colocar cuerdas delgadísimas sobre las líneas del campo y sellarlas con cinta adhesiva. Las zonas: defensa, neutral, ataque y los laterales. Es una cancha en alto relieve para ubicarse con el tacto.

Rato después los jugadores forman dos filas para para practicar lanzamientos. Tiros muy débiles, otros muy fuertes y algunos bastante desviados. Todos se concentran, cogen el balón y lanzan con determinación. Pero no sabrán si anotaron hasta que Cabanillas diga gol. El éxtasis se reprime hasta la señal del árbitro.

Arranca el partido de práctica. Diana Flores —abdomen delgado, muslos firmes, cola de caballo— lidera uno de los equipos. Como jugadora central es un poco la estratega del juego. Lanza y da pases inesperados para confundir a los oponentes. No es un buen inicio para ella, sin embargo: falla tres tiros, y hace notar su fastidio, moviendo la boca, como si un chicle se le hubiera pegado.

En el otro equipo, un jovencito de hombros caídos, flaco como un fideo, y con cabello rebelde que acomoda al lado izquierdo, destaca con nitidez. Se llama Juan Julca y posee un ataque demoledor. Tres goles en tres intentos. El muchacho se agacha a media altura para lanzar o se da media vuelta y arroja el balón como en un juego de bolos que pasa limpio sin rozar a nadie.

En octubre pasado hubo un campamento en Quito, donde Brasil participó con su equipo juvenil. Como sucede en casi todos los deportes arrasó. Perú se ubicó quinto de seis.

Los balones de goalball pesan un kilo 250 gramos (tres veces más pesados que una pelota de fútbol y cuatro veces más que una de vóley). ROSEL PERALES

—Vi su potencia, su fuerza y su técnica y me convencí de que quiero eso para mi equipo. Con esa experiencia yo les exijo —cuenta el entrenador Daniel Aparicio.

Cinco meses después, en marzo de este año, el plantel compitió en los IV Juegos ParaPanamericanos Juveniles en Sao Paulo. También quedaron quintos de seis.

El campamento, como el masking tape, les servirá para saber en dónde están parados.

—Para los médicos estoy ciega. Si veo es un milagro. Todos los exámenes lo dicen. Yo no debería ver nada, nada, nada.

Es la tarde del miércoles 17 de mayo, en casa de Diana Flores, en Villa María del Triunfo. Tres muebles rodean un pequeño espacio frente a un televisor sin señal. En el comedor, a un costado de la sala, cinco sillas de madera rodean una mesa circular donde un florero con rosas rojas oculta el rostro de Diana, quien habla moviendo las manos con rapidez.

En unas horas se integrará al campamento. Mientras tanto, espera que Alexander, su hijo mayor de once años, regrese del colegio. Diana fue profesora de baile durante cuatro años. Cuando la vista comenzó a fallarle, supo que era el momento del retiro.

Desde que le diagnosticaron retinitis pigmentosa en septiembre de 2015, empezó a ver con los colores de un televisor malogrado: el rojo era rosado; el celeste, blanco. Todo se fue despintando paulatinamente. Se enteró que también sufría de cataratas. Los médicos le dijeron que si se operaba su visión mejoraría en un 10 o 15%, pero correría un riesgo muy alto: sus retinas podrían desprenderse en cualquier momento. De la intervención podría salir completamente ciega.

Diana arriesgó, y la operación fue un éxito.

En unos meses, se someterá a otra intervención para ganar un 10% más de visión. Las operaciones no aseguran nada, pero simbolizan la resistencia a no dejar de ver más. Son puntos de luz.

Un muchacho robusto irrumpe en la sala. Diana siente sus pasos y voltea. Le acaricia el rostro.

—Él es mi gordo.

Alexander se enteró de la discapacidad de su madre, pegando la oreja al cuarto de Diana, mientras ella le contaba su ceguera a su hermano. El niño entró en el cuarto, la abrazó y se echó a llorar. Es sobreprotector con ella, desde entonces. La toma del brazo al bajar de las escaleras, y le avisa si hay algún bache en la calle o si alguien le hace señas.

El goalball se practica en el Perú recién desde hace un año y medio por impulso del Maximus Project II. ROSEL PERALES

—No voy a saber cómo crecerán mis hijos. Me quedaré con sus caritas de estas edades. Esa es una de las cosas que más me duele —lamenta Diana. El recuerdo de Dominic, su otro hijo, será más difuso: tiene apenas cuatro años.

Ha sido el deporte el mejor balcón para divisar la vida. Desde hace dos años, Diana alterna el goalball con el atletismo. Y con mucha seriedad: ha ganado once de catorce carreras, y hace poco recibió una invitación para participar en noviembre de la Maratón de Nueva York.

Los 42 kilómetros que la separarán de la meta son una metáfora real de sus agallas.

Cuando llegue el día en que vea oscuro con los ojos abiertos dice que llorará mucho, se encerrará un par de semanas, pero luego seguirá adelante como en la pista. Tiene todo tan calculado que hasta piensa su porvenir con coquetería: no usará bastón.

—Una chica con bastón no es nice pues.

Silencio en la cancha de futsal del Centro de Alto Rendimiento en la Videna. La jugadora número 2 de Colombia, Andrea Jiménez, un ojo totalmente cerrado y el otro a medio abrir por su discapacidad, de espalda ancha y manos grandes, está a punto de tirar un high ball, un penal en este deporte. Sujeta la pelota con fuerza, un pie adelante y otro atrás. En el arco contrario, la jugadora número 1 de Perú, Diana Flores, con las piernas separadas, espera el pito del árbitro. No hay alientos de las tribunas y nadie grita nombres. Hay un silencio tenístico en este deporte. Si se rompe se pide a la persona callar o si se anotó un gol y alguien grita, se anula.

El partido no empezó de la mejor manera para Diana. Se desorientó en su primera jugada y la pelota se perdió por un costado. Luego lanzó muy despacio. Pero mejoró y anotó dos goles, el 3-2 y el 4-4 ante Colombia. Las tribunas solo pueden gritar la anotación después que el árbitro lo permita.

Tres de los diez balones de la Selección, donados por el proyecto y la Asociación Paralímpica, están parchados con cinta adhesiva. RENATO PAJUELO.

Diana y Andrea están frente a frente, sin verse. Solo esperan el pito del árbitro para lanzarse, en el caso de Diana, o tirar el balón con toda su fuerza, para Andrea. Toda la atención está puesta en ellas. Al lado de los arcos se ubican sus compañeras de equipo sin saber qué está pasando. En las tribunas, los integrantes del equipo masculino de Colombia, están de pie durante casi todo el encuentro, abrazados y hablando entre ellos al oído. Los peruanos, por su parte, están sentados y los que tienen visión baja, aprovechan su ventaja al servicio de los invidentes.

Dos madres del equipo peruano juntan las manos en señal de oración. Vamos Dianita, dicen susurrando. A su costado, un hombre relata el partido a cinco personas ciegas venidas desde Cajamarca, Piura y Ayacucho solo para el campamento y que el día anterior, el sábado, en las eliminatorias previas a la final de hoy, domingo 21 de mayo, integraron los combinados masculinos de Perú C y Perú D.

—La colombiana tiene la pelotaaa. Hay high ball a favor de Colombiaaa. Esperemos que falle —comenta el hombre alargando las vocales.

Andrea Jiménez sufre de uveítis severa, una enfermedad que genera la hinchazón e irritación de la úvea, capa media del ojo, lo cual conlleva indefectiblemente a la ceguera. Antes practicaba natación.

—El goalball lo llevo en las venas y no lo voy a cambiar. Me ha ayudado a superar mis miedos —me dirá después.

Andrea, aunque no lo sepa, ahora tiene a una decena de madres de familia en su contra. La presión en el ambiente surte efecto: la 2 de Colombia lanza, Diana detiene el balón con las piernas y la pelota se pierde por un costado. Blocked Out, dice el árbitro, y solo entonces, el público vuelve a existir.

Los esfuerzos de Diana, Hilaria y Ericka, las integrantes del equipo femenino de goalball Perú, no serán suficientes para superar el ataque rival. El partido terminará 6-4 a favor de Colombia. El árbitro da por concluido el encuentro. Las jugadoras se abrazan entre ellas, y luego buscan a sus pares colombianas. La escena se repetirá en todos los partidos.

Diana Flores, una de las tres miembros del seleccionado femenino, tiene 27 años y sufre de retinitis pigmentosa. ROSEL PERALES

En la rama masculina, Perú presentó cuatro equipos: A, B, C Y D. El A y B clasificaron a las semifinales siendo eliminados por Colombia y Ecuador, respectivamente. Perú A fue liderado por Juan Julca, el muchacho de 16 años de potente disparo. En ese partido, Juan hizo temblar las piernas de los defensores colombianos solo una vez. Su madre, quien llegó desde Amazonas, solo para verlo, no puede creer que su pequeño Juan, ese niño tímido y parco que la abrazaba para esconderse del mundo, lance tan fuerte.

Para llegar hasta la casa de Juan Julca, en Puente Piedra, hay que recorrer más de diez minutos en una minivan por un camino empinado cuesta arriba y serpenteante. En cada curva, que son catorce, el chofer del vehículo disminuye la velocidad. El peligro es obvio. Las minivans pasan por la Asociación Fernando Belaunde Terry hasta las 11 de la noche, hora en la que el barrio queda en tinieblas.

El muchacho abre la puerta rosada de su casa amarilla. Vino desde Amazonas hace dos años, pues en su ciudad no había colegios especializados para personas con discapacidad visual. Julca padece de cataratas congénita, ocasionándole una pérdida de transparencia del cristalino y, por lo tanto, pérdida de enfoque en la retina.

—Antes no practicaba deportes. Tenía miedo. En mi colegio practico judo, pero solo lo hago por la nota. El goalball es distinto. Me gusta mucho.

En su rutina lleva impregnada la disciplina de un deportista: sale de su casa a las 5:30 de la mañana para llegar a su colegio en el Cercado de Lima quince minutos antes de las ocho. Estudia hasta las tres de la tarde, y los martes y jueves entrena de 3 a 5.

A mediados de mayo pasado se disputó el II campamento internacional de Goalball de Maximus Project II. ROSEL PERALES

Cada vez que Juan se esmera en hablar de algo, acelera la voz. Lo dice rápido. Con emoción. Ahora me comenta lo mucho que le gusta investigar sobre ciencia. Hace poco descubrió que cabe la posibilidad de viajar al futuro.

—Hay una hipótesis que dice que cuando dos gemelos nacen, a uno de ellos lo pueden enviar a viajar al espacio en una nave a la velocidad de la luz. Cuando el gemelo que viajó regresa a la Tierra, se da cuenta de que su hermano es mayor que él.

Juan encontró esta teoría en Internet. No lo sabe, pero le pertenece a Albert Einstein.

—¿Tú crees que se pueda viajar al futuro? —pregunto.

Mueve la cabeza de arriba abajo.

 

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