Los once del solar

Sin magnates ni administradores temporales, un club de fútbol ha albergado a padres, hijos y nietos de un mismo barrio de La Victoria durante 60 años. Todos buscando ganar su primer título. Tras una década de desaparecido, los almuerzos, galoneras de vino y bailes de salsa hicieron resurgir al equipo del callejón. ¿Es una pollada la mejor táctica para ser campeón?

Lorenzo Condezo (49) volverá a las gradas de un estadio para alentar a un equipo de fútbol casi desaparecido. Si bien lleva puesta la blanquiazul, el antiguo barrista de Alianza Lima no irá a Matute. Esta vez se pintará el rostro de negro y amarillo para alentar al Independiente Nueva Lima, club de su barrio, fundado por su padre en 1957 y que entró en abandono hace once años.

Con escozor en la cara, digno de la témpera que lo embadurna, y con la lengua aflojada por la cerveza bebida, Lorenzo se arrebata de orgullo por cuatro jugadores del equipo: sus sobrinos. Desmemoriado, atina al recuerdo dulcemente procaz: “Puta, siempre me olvido de los nombres de estos huevones”.

Como si fuera jarabe para la memoria, Lorenzo destapa una galonera de cachina —bebida alcohólica de uva con menos fermentación que el vino— para calentar el mediodía del domingo. Desde la puerta de su casa, se sirve en un vaso, me cede la galonera y, tras el tanganazo, continúa su afanoso discurso sobre el equipo que más tarde alentará.

En La Victoria, famoso distrito de luces tenues que camufla a los cogoteros, es una herejía no ser fanático del equipo con el juego más exquisito del Perú: Alianza Lima.

El club Independiente Nueva Lima fue fundado en una de las calles más emblemáticas de La Victoria: Antonio Raimondi. RENATO PAJUELO

En la primera cuadra del jirón Antonio Raimondi, yacen dos viejos solares de quincha, caña y adobe donde la regla no es excepción. Y aunque allí se gritaron los goles de Waldir Sáenz y se lloró la desaparición de los ‘Potrillos’, en el vecindario conservan una pasión aún más íntima. Una predilección futbolística que no se comparte con millones de peruanos, y que solo se huele en sus rústicos pasillos y en sus altillos de añeja madera. Sin jeques árabes, empresarios ni administradores temporales, Independiente Nueva Lima teje su nutrida historia entre niños, adultos, madres y ancianos resumidos en una palabra: barrio.

Cuando Teófilo Cubillas era tan nene que le quedaba grande el apelativo, y en el día que a Santa Rosa de Lima le suelen llenar el buzón de correspondencia, don Alejandro Condezo —padre de Lorenzo— se reunió con un grupo de vecinos para fundar el Club Independiente Nueva Lima. A sus 25 años, Alejandro incentivaba su gusto por el deporte en los niños del barrio llevándolos a la playa para entrenar, entre ellos a su hijo Roberto. Eran tiempos en los que Lima era diez veces más pequeña de lo que ahora es. Tiempos en los que la calle engatusaba a las futuras estrellas del fútbol peruano con pelotas de trapo. Era 30 de agosto de 1957.

—Mi padre fundó esto para que sea grande pero lamentablemente nunca pudimos lograr un campeonato— con desdicha, dice Roberto, hermano mayor de Lorenzo, quien ya está libando el licor de uvas desde la banqueta de concreto que contempla la fachada de su casa.

De fondo se escucha el barullo del solar y alguien que ya puso salsa por ser hora de almuerzo. Su padre, con 85 años, ahora vive en otro distrito y algunos problemas de salud le impiden ver al equipo que fundó.

Alejandro Condezo fue el gestor del Nueva Lima. El club se fundó en 1957 en una Lima diez veces más chica que la de hoy. RENATO PAJUELO

Roberto Condezo, uno de los primeros delanteros del club, ha llegado al solar para avisar que el bus que llevará a los vecinos y a los jugadores a la cancha ya está listo. El transporte oficial del barrio fue gestionado ante la Municipalidad de La Victoria por la Junta Vecinal de la que Condezo es vicepresidente. La misma que administra los dos callejones que no son de un solo caño, sino de 54 cada uno. Aquel entrañable lugar lleva un centenar de años viendo crecer a la capital.

En sus narices vio cómo una maderera se convirtió en Polvos Azules —búnker comercial de alta tecnología y baja piratería—, a sus espaldas los cerros bajaron para llorar con Chacalón en la Carpa Grau —mítico reducto de la cumbia ochentera—, a su derecha la salida de un antiguo tranvía se convirtió en la Vía Expresa —la vía rápida más lenta de las mañanas limeñas— y al otro lado, en el jirón José Gálvez, se pobló de prostitutas cada vez más jóvenes.

Por Nueva Lima han pasado abuelos, padres y nietos. Arqueros trabajadores, zagueros emprendedores, volantes desempleados y delanteros indisciplinados. Han empatado sin goles, han ganado por goleada y han perdido por resaca. Concentraron en sus casas, también en las fiestas y hasta en un club donde los encerraron para no volver a perder por resaca.

De Nueva Lima también salió Arturo Ulloa, el único que se hizo futbolista profesional; jugó en Universitario —paradójico: el eterno rival de Alianza Lima— en los 90’. De aquella época solo conserva cierta robustez digna de un atleta retirado. Ulloa, con su sonrisa de chispas platinadas, ya está mataperreando en la puerta del solar.

De Nueva Lima salió Arturo Ulloa, el único que se hizo futbolista profesional con la camiseta de Universitario. RENATO PAJUELO

En 60 años, unos dejaron el barrio rumbo al extranjero, otros cambiaron de distrito y la mayoría sigue en el solar. Ninguno dejó de alentar.

—Hay una trayectoria maldita. Nada es como te lo pueden contar— dice Lorenzo con galonera en mano y voz pregonera.

El escandaloso barrista de Nueva Lima trabaja como agente de seguridad en Chincha, provincia a 4 horas de Lima de donde trae la cachina. Cada sábado por la madrugada, Lorenzo retorna a Lima para alentar a los once jugadores del solar, y apabullar a los árbitros y rivales desde las gradas del Pedro Labarthe.

A una semana del Día de la Madre, hoy 14 de mayo, el barrio no tendrá compasión y será la pesadilla del referí cada vez que pite contra el aurinegro victoriano. En el fútbol, la tribuna también juega: la de Nueva Lima reparte patadas con la garganta. A veces, hasta a sus propios jugadores si es que no le ponen eso que, contradictoriamente, ponen las gallinas.

Otro tanganazo de jugo de uvas y ya no me cede el vaso. Ahora la tertulia es redonda y en cada vuelta, el trago demora seis veces más en llegar.

En los casi 100 años de existencia, los solares de Nueva Lima han aguantado temblores y terremotos. Pareciera que sus paredes se fortalecen de las tantas anécdotas e historias vividas.

El viejo solar, de casi 100 años de existencia, sigue siendo el punto de concentración de los jugadores del Nueva Lima  RENATO PAJUELO

Fueron escenario de innumerables jaranas con guitarra y cajón, incendiaron decenas de muñecos para despedir el año viejo, jugaron carnavales hasta bañar a los que pasaban rumbo a la Carpa Grau. Sus pasillos han recibido a la Chola Chabuca para filmar un concierto de cumbia y desde sus balcones se ha visto el beso de Cachín y Emilia Drago en la grabación de Asu Mare, la película más exitosa del cine peruano.

El solar ha escrito historias inmejorables, pero siempre quedó pendiente el del placer de ver al Nueva Lima campeón.

Como si repartiera naipes en la mesa para jugar Memoria, un flaco de anteojos y cabellos rizados verifica si los carnés de los 18 jugadores de Nueva Lima están completos para el partido de hoy. En frente suyo, la galonera con el licor de uvas sigue rotando en los paladares de Lorenzo y compañía. Y aunque le ofrecen, Nano, como llaman a Fernando Gómez Portalatino en el barrio, prefiere quedarse con sed hasta que acabe su “segunda chamba”.

La Junta Vecinal administra dos callejones con 54 viviendas. Más de tres generaciones viven en los solares. RENATO PAJUELO

Desde su discreto cargo de delegado, el ingeniero de sistemas navega en la maratónica red del fútbol amateur desde octubre pasado. Multas, inscripciones, trámites, papeleos, reuniones. Todo solventado gracias a las polladas —esas generosas fiestas populares entorno a un plato de pollo frito—, cervezas vendidas y a las rumbas con salsa y timba.

—Aunque mi segunda chamba no es remunerada, la satisfacción de ver al barrio unido tiene un gran valor— comenta Nano y guarda los carnés para alistar las planillas con la paciencia y la minuciosidad de su función.

Desde que inició la escasez de títulos de Alianza, el Nueva Lima también tuvo una sequía aún más dolorosa: no jugaron ni un solo partido. El aurinegro entró en abandono y, cada año, el recuerdo se iba evaporando en leyenda. Quizás por las malas campañas, tal vez por la desorganización o la falta de apoyo, o de pronto porque esperaron a que los niños de ese entonces se conviertan en la generación dorada de hoy. Sin embargo, el cariño y el aprecio nunca perdieron vigencia. Cada 30 de agosto se celebraba un aniversario más (de la ausencia) del club. Los honores se rendían jugando fulbito, almorzando en grupo y bailando salsa.

Tuvieron que pasar once años para que el diluvio de goles vuelva a inundar los corazones en los solares del 155 y 177. Sí, este vecindario inspirador fue bautizado con la simplona plaqueta de una calle.

El Nueva Lima campeonó en la liga de La Victoria tras once años de ausencia. El esfuerzo de sus hinchas lo hizo volver. RENATO PAJUELO

La pollada del último aniversario fue el cónclave decisivo para el regreso. El club cumpliría sus bodas de diamante y la reaparición era una necesidad, un grito ahogado de las nuevas generaciones del barrio, de aquellos que escucharon del club pero que nunca lucieron las franjas negras y amarillas.

—Hemos sido bien sensatos en rearmar el club. Ahora los niños se fijan en los jugadores del equipo como si fueran sus ídolos y hasta les piden fotos —cuenta Nano orgulloso—. Todos los días se ponen a jugar con el equipo en la cabeza—agrega.

Y aunque parezca una película ambientada en las favelas brasileñas, lo dicho por Nano es incuestionable. Desde su altar, al final del corredor delineado de macetas y tapizones, la Virgen María vigila a Nano mientras ordena los documentos; a Lorenzo, Roberto y compañía que siguen bebiendo entre risas; y unos pasos más allá, a cuatro niños que no superan los 10 años —el tiempo que el equipo estuvo inactivo— y que corren detrás de una pelota sudando sus camisetas negriamarillas. No negrriamarillas del Peñarol uruguayo, sino del Nueva Lima victoriano.

Dos de los ilusionados calichines son hijos de Ademir Espichán, exjugador del equipo y hoy utilero bajo el ostentoso cargo de Jefe de Logística. En un recinto al que la luz solar entra con timidez, Ademir va ordenando las camisetas, bebidas rehidratantes y medicinas que llevará a la cancha a la hora del partido. Esa habitación, detrás del altar de la Virgen María, es la sede institucional del club. No solo sirve de almacén de balones, camisetas y de los instrumentos de la barra, sino también es la sala de reunión para los diez dirigentes.

Lorenzo Condezo, el menor de los hijos del fundador del club, es uno de los más entusiastas seguidores del equipo. RENATO PAJUELO

Mientras sus hijos siguen gritando goles en el pasillo, Ademir cuenta que los balones del club empezaron a rodar en enero de este año. Tras conseguir un entrenador, abrieron la convocatoria para elegir a los más talentosos. No solo asistieron los muchachos del solar, sino también jóvenes de vecindarios aledaños. De los 54 jugadores que pugnaron por un cupo, quedaron 25, y del barrio solo 13.

—El entrenador me decía: estos jugadores no van. Caballero, yo tenía que comerme la responsabilidad de decírselo así fueran del barrio. Del barrio se han ido varios— cuenta Ademir, quien todos los martes y jueves lleva los balones y conos a los entrenamientos. No hace falta explicar el compromiso.

Mientras los muchachos entrenaban para el ansiado debut en la Liga Distrital de La Victoria, la dirigencia proyectó un plan para asociar a los vecinos y así evitar la extinción de los pollos con tantas necesidades del equipo. Lo lograron: más de 70 socios con aportes de 10 soles mensuales, vendieron camisetas, recibieron giros del extranjero y hasta una marca deportiva donó uniformes de entrenamiento. Lo recolectado ayudó a solventar los materiales, el alquiler de canchas, las medicinas y bebidas de cada partido, entre otros gastos.

El club se financia con el aporte mensual de 70 socios, venta de camisetas y hasta giros del extranjero de vecinos nostálgicos. RENATO PAJUELO

Se acercaba el día del debut y los sponsors no tardaron en estampar su marca en la camiseta dejando un aporte económico. Todos prósperos empresarios que se iniciaron en el barrio. En el pecho una pizzería que va incrementando sus locales y en la espalda una tienda de ropa de Gamarra —el emporio textil más importante de Lima— junto a un modesto salón de belleza. Todo quedó listo para el regreso de la Nueva Lima tras once años de ausencia y en busca de su primer campeonato.

—Cuando nos juntamos, la primera idea era levantar el club y no descender. Al segundo partido de práctica dijimos: “Tenemos equipo para clasificar al Interdistrital”. Cuando comenzamos a ganar en el campeonato: “¡Ah no! Con este equipo estamos para campeones”—recuerda Nano que ya se reunió con Ademir para afinar detalles antes de ir a la cancha del colegio Pedro Labarthe.

Después del debut con triunfo del Nueva Lima en febrero, el barrio se reunió en los pasillos a celebrar el regreso con un almuerzo y un baile. Lo que vino después fue pura gloria: seis partidos ganados, dos empatados, ni uno perdido. Suficientes goles para que el patriarca Alejandro Condezo, el fundador del club de 85 años ya, derrame lágrimas de emoción por el primer trofeo que logró su querido Independiente Nueva Lima. También por el homenaje que le rindió el barrio al declararlo presidente honorario del club.

El plantel de este año quedó conformado por 25 futbolistas. De los 54 que se aprobaron en el verano solo 13 son del barrio. ALBERTO NICHO

—En tantos años no hemos campeonado y estos chibolos, sin tanta vaina, sin tanta encerrona ni nada, saben que el sábado no chupan porque tienen que jugar al día siguiente—enfatiza Lorenzo con tragos de más— Estos chibolos juegan a la camiseta, no te juegan al billete—.

Aquel domingo 4 de abril no fue una fiesta más de las tantas que se han celebrado en el solar. Quedará grabado en los calendarios del barrio como el día en que la Nueva Lima logró su primer título. El día en que el vecindario dejó atrás las diferencias para alcanzar el sueño colectivo disfrazado de equipo de fútbol. Cuentan que la felicidad se repartió en 200 platos de comida, que la sed de gloria se calmó con cerveza y que hasta las muletas bailaron salsa y festejo.

Ahora ya no queda ni la resaca de la celebración, solo orgullo eterno. En la puerta del solar, el bus ya está repleto con los jugadores y los vecinos rumbo a la cancha para un nuevo partido.

Como campeón de La Victoria, Independiente Nueva Lima clasificó al Torneo Interdistrital con los 64 mejores equipos de los casi 400 que tiene Lima Metropolitana. El sueño del vecindario aún no ha acabado y, en breve, buscarán escribir el párrafo feliz de su historia.

“¡A la salida vas a ver, conchetumadre! ¡Estás en La Victoria!”. Un descarado jugador del Arsenal de Jesús María se atreve a celebrar el gol de su equipo mirando a la tribuna de la Nueva Lima. Se toma las orejas con las manos como si fuera Topo Gigio —porque su juego no da para compararlo con Riquelme— y, envalentonado por la rejilla que lo separa, enfrenta a la barra.

El incógnito defensor se desquita por todas las veces que lo tildaron de homosexual y le recordaron su madre hoy domingo 14 de mayo, Día de la Madre. La barra del Nueva Lima no aloja y responde a las provocaciones.

La barra del Nueva Lima asistió al colegio Pedro Labarthe para el partido por la fase Interdistrital. ALBERTO NICHO

Nueva Lima empata a un gol con el equipo de Jesús María, en la fase de muerte súbita del Interdistrital. Es decir, se figura entre los 32 mejores de Lima Metropolitana. Al frente, un equipo de camisetas rojas con atacantes habilidosos y pericoteros pone nerviosa a la tribuna. Sin embargo, siempre aparece Carlos Atarama Condezo —el nieto del fundador— para apagar los incendios con un balonazo largo.

En casa, el juego físico y el empuje es la mejor cualidad. Siempre con chispazos de destreza y combinación de los delanteros. Toda la barra cruza los dedos para que Jair Pozo, el goleador de la Liga de La Victoria con 9 goles, se ilumine y rompa las redes del arco visitante.

El aurinegro logró ponerse arriba del marcador en el primer tiempo y desde entonces desperdició varias chances de sacar ventaja. Las oportunidades desperdiciadas, en la religión llamada fútbol, se pagan caro. Tras el empate, el equipo perdió la paciencia y se vieron más patadas que huachas. El árbitro, a quien la barra tampoco le perdonó el Día de la Madre, repartió tarjetas amarillas por doquier. Todo se hizo más difícil.

Tres generaciones de hinchas y vecinos acompañan al Nueva Lima en todos sus partidos. ALBERTO NICHO

Final del partido. Empate. Aunque las amenazas fueron contundentes y los ánimos de algunos barristas, entre ellos Lorenzo, siguieron caldeados, todo terminó en apretones de manos y saludos respetuosos con el equipo rival. El fútbol solo se juega en la cancha.

Para definir al clasificado, los mismos equipos se volvieron a medir tres días después en el Campo de Marte. El Nueva Lima debía ser visitante. El horario complicaba a la barra: miércoles a las 12 del día, en pleno horario de trabajo. Aun así, un grupo de vecinos del solar se hizo espacio para llegar y alentar al equipo con bombos, tarolas y cornetas. Fueron 90 minutos de vida o muerte.

Y murieron. Dos a cero en contra. La única derrota de toda la temporada significó la eliminación. Pinchazo cruel. Los sueños del Nueva Lima acabaron. Al menos por el 2017. Pero no acabaron mal. Aunque la eliminación de un equipo de fútbol siempre agrieta los corazones, los jugadores se fueron entre aplausos. Los dos solares agradecieron por los cuatro meses de delirio, entusiasmo y unión. Los dos solares se dieron el lujo de poder gritar campeón.

Pese a la eliminación, nadie le quitará la bailado al club de los dos solares. La campaña del 2017 jamás será olvidada. ALBERTO NICHO

En agosto, el Nueva Lima celebrará su aniversario y los preparativos ya avizoran un banquete suculento amenizado con música en vivo. Para todos, claro. Porque el equipo de fútbol es solo un espejo que refleja los últimos 60 años de hermandad. Es una excusa para abrazar y felicitar al vecino. Un pretexto para creer que el fútbol no es solo un deporte, sino la felicidad de un vecindario.

El Nueva Lima quedará en vilo hasta el próximo verano, cuando el balón vuelva a rodar por los pasillos del solar y los goles se celebren en las polladas.

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