El espejo social: no solo de ingas y de mandingas

Así como lo cholo define a la sociedad peruana, lo negro y lo chino también han sazonado la mixtura racial y cultural de la que está hecha el Perú. Detrás que cada influencia se han tejido categorías sociales: baile, para unos; precisión, para otros. Desde el fútbol de inicios del siglo pasado, la construcción de las figuras de Alejandro Villanueva y José María Lavalle, afrodescendientes emblemáticos, y las de Jorge Koochoi y Julio Lores, herederos de sangre asiática, cimentaron estereotipos tan peruanos como la chicha morada y el arroz chaufa.

Leía hace unos meses un tuit con el siguiente mensaje: “El balón es redondo, el partido dura 90 minutos, todo lo demás es pura teoría. Lo dijo el Zorro Sepp, sabio DT que ganó el mundial Suiza 54”. Entonces si para el ex seleccionador de Alemania, Sepp Herberger, todo parece tan simple, me pregunté de inmediato para qué sirve bailar en un partido de fútbol como decían los antiguos; o por qué hablar de matemática y precisión en un asunto en el que el tiempo no es relativo.

De acuerdo al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la palabra “Juego” tiene varias acepciones, dos de las cuales nos serán útiles:

1) Acción y efecto de jugar por entretenimiento.
2) Ejercicio recreativo o de competición sometido a reglas, y en el cual se gana o se pierde.

Pensando en entretenernos, respetando las reglas, los peruanos podemos realizar bailes, lo que parece innecesario, aunque solo lo parece.

En 1927, el Perú organizó y participó en su primera Copa América. Se sabía que José María Lavalle bailaba dentro del campo. De quien se sabía poco acerca del baile era de Alejandro Villanueva. Adobero, albañil y chofer, igual que Lavalle, Villanueva era un maestro con los pies y la cintura. Bailaba a sus rivales aprovechando su talento futbolístico y también el musical. Acompañado con las palmas de los aficionados presentes en el estadio, el atacante también disfrutaba de una marinera ante sus ocasionales rivales. ¿Cuánto duraba el baile? Los medios de comunicación de la época no lo consignan. Solo dicen que el público deliraba con el baile.

Un periodista de la revista Variedades de por aquel entonces escribe:

“El inventor de la marinera en la cancha no nos explica el porqué de ella claramente. Evita darnos una contestación positiva. Sin embargo, a costa de insistencia nos contesta.

—Es por desmoralizarlos.

Se refiere a la defensa contraria. En efecto, ante tanta marimoña y tanto disloque cede la moral de los jugadores. Y el público cada vez que ofrece el bendito baile palmotea llevando la hilación (sic) del cabreo.

—Y al siguiente día tienen que darse masajes”.

El diálogo debe haber terminado entre risas y sonrisas. La marinera limeña era un baile de afroperuanos que Lavalle y Villanueva llevaron al campo para amedrentar a sus rivales. Es cierto que el partido dura 90 minutos y que el balón es redondo. Pero habría que decirle a Sepp Herberger que la marinera no es teoría. Es puro entretenimiento. La Selección peruana ocupó el tercer lugar en la Copa América de 1927.

¿Qué es una marimoña? De acuerdo al diccionario de la Real Academia es una francesilla. En pocas palabras, una planta con grandes flores oriunda de Francia. ¿Qué tenía eso que ver con Villanueva? Ni idea. Lo único claro es que para un afroperuano, como me lo sugirió el periodista Kike La Hoz en una conversación hace unos días, la marinera vendría a ser algo así como el Haka neozelandés o samoano en el rugby: un ritual que busca desmoralizar al rival.

Pero en aquellas épocas no solo brillaban afroperuanos en las Selecciones peruanas. También lo hicieron un par de descendientes de inmigrantes chinos. Los futbolistas tusán que actuaron por la Selección peruana de fútbol en la Copa América de Lima, en 1927, y en el Mundial de Uruguay en 1930 fueron convocados porque, de acuerdo a algunos medios periodísticos de la época, le aportaron a la identidad nacional inteligencia y precisión matemática, una percepción que aún ahora algunos peruanos tienen de los asiáticos.

Lavalle, un eximio bailarín de marinera dentro y fuera de la cancha, lo demostró el día de la inauguración del estadio de Alianza Lima en diciembre de 1974. LIBRO DE ORO DE ALIANZA LIMA.

El fútbol y la Selección seguían vinculándose con lo nacional por lo que ahora se aceptaba que los jugadores afroperuanos y descendientes de chinos le aportaban “algo” a esa identidad nacional que se iba creando a partir de los discursos periodísticos.

Eugenio Ramírez Cruz, abogado y profesor universitario, investigó al tusán, jugador de Alianza Lima e integrante de la Selección nacional. Hablamos de Jorge Koochoi Sarmiento. “Nació en Lima el 2 de noviembre de 1900 en la calle Puno. Era vástago de un adinerado panadero chino del Lechugal y de doña Gregoria Sarmiento, dama ancashina. Su padre murió cuando apenas tenía dos años. Koochoi realizó sus estudios en el colegio Guadalupe. Vivía en La Victoria, en la cuadra doce de la avenida 28 de Julio […] No patea con la pierna izquierda sino con la derecha, pero es muy preciso y matemático (el subrayado es nuestro) para girar y disparar desde todos los ángulos”.

Esa mención de “precisión y matemático” no debería llamar nuestra atención salvo que se vuelve a emplear años más tarde cuando hablan de otro tusán integrante de nuestra Selección. Ramírez Cruz sigue contando: “Pese a ser de origen chino, como se ha dicho, era un hombre muy criollo, alegre, jaranero”. Cruz parece creer que la forma de comportarse no se aprende necesariamente sino que se lleva en la sangre. Es probable que la muerte del padre chino haya hecho que Koochoi recibiese una educación distinta a la rígida que reciben los hijos de chinos y, por ello, haya aprendido el comportamiento de su madre, del vecindario de La Victoria y de sus amigos futbolistas, lo que propició al alegre y jaranero que menciona Ramírez.

Aunque tenía la pastelería de su padre, Koochoi la vende y trabaja como chofer, otra actividad propia de muchos jugadores de Alanza Lima de los años 30. Ramírez agrega: “En compañía de tres compañeros del gremio, fundó la estación No 1, situada en la Plaza Washington. Allí trabajó en su Plymouth verde con placa 74-204 hasta el final de sus días (1957)”.

El otro tusán seleccionado nacional fue Julio Lores Colán. Nació en Huaral el 15 de setiembre de 1908 y estudió en Lima en el colegio Guadalupe. Fue hijo de Hermenegildo Lores Espinoza, quien fue alcalde de Huaral en dos períodos: del 3 de julio de 1919 al 20 de julio de 1920 y del 3 de marzo de 1931 al 22 de agosto de 1932. El padre de Hermenegildo llegó al Perú con el apellido Wong, aunque se desconoce su nombre. Aquí se puso por nombre de pila Pezet. Quién sabe si Wong se rebautizó con ese nombre debido a que el presidente de la República peruana entre 1863 y 1865 se llamaba Juan Antonio Pezet. De acuerdo a Juan de Arona, periodista y poeta peruano, de 1860 a 1870 entraron al Callao procedentes de Macao un total de 38 648 chinos. Tal vez Pezet Lores llegó entre ellos.

No sabemos dónde fue a trabajar el chino Wong aunque se sabe que el español Benito Lores Bathel fue propietario de la hacienda Vilcahuara ubicada cerca a Huaura. Tal vez Pezet llegó a trabajar allí y adoptó el apellido del patrón.

La historia de la esposa de Pezet es mucho más interesante. Su nombre fue María Medrano Espinoza Godiño y era natural del pueblo de Lampián, cerca de Acos. La familia Espinoza estaba dedicada al comercio en la zona andina del valle de Chancay, en Acos. De acuerdo a una fuente oral, Eduardo Chong, tataranieto de Pezet Lores, la fortuna familiar procedía de la madre Espinoza más que del padre Lores. La familia Lores-Espinoza compró propiedades en Huaral y se instaló en esa ciudad en lo que sería el barrio chino. La compra de la propiedad en Huaral data de la última década del Siglo XX y aún se mantienen en ella los descendientes de Pezet. Quien administraba los negocios y propiedades de la familia era Hermenegildo, el alcalde y padre de Julio, el futbolista.

Hermenegildo jugaba al fútbol y también lo hacían sus hijos Julio y Teófilo. Estos dos integraron el equipo de Primera División del fútbol peruano, el Association. Antes de que se juegue el Mundial de 1930 en Uruguay, Julio fue contratado por el Necaxa de México, que le pertenecía a la empresa de Luz y Fuerza, uno de cuyos ingenieros fue el inglés William Fraser, fundador del equipo de fútbol. De acuerdo al propio Julio, él ganaba 150 dólares, algo así como 2 mil dólares de hoy, trabajando como auxiliar del jefe de tráfico. Como jugador de fútbol ganaba muy poco porque el balompié mexicano aún era amateur.

Cuando los directivos del fútbol peruano iban a convocar el equipo que nos representaría en el Mundial de Uruguay, Lores se encontraba en México. Por esos días, le envía una carta a su padre, en la que afirma “el 18 termina el campeonato de fútbol de Méjico y mis jefes me han dado unas vacaciones de tres meses. Pienso pasar una temporada en La Habana donde tengo muchos amigos, pero para mí sería muy gustoso marchar a esa mi tierra a abrazarte a ti y a todos los míos y ver si la Federación acepta mi concurso para participar en la selección nacional”.

Hijo de un panadero chino, Koochoi —al lado de Lavalle, Montellanos, Villanueva y Valdivieso—, brilló en Alianza y en la Selección peruana. LIBRO DE ORO DE ALIANZA LIMA

Cuando Julio Lores llega al Perú el 10 de junio una nota aparecida en el diario La Crónica nos habla de un jugador muy distinto a Koochoi. “Parco en el hablar. Modesto, sin afectación. [Hermenegildo] se encarga de sacar a Julio de su silencio”. Esta anécdota nos habla de un Lores silencioso, como los peruanos percibimos a los chinos. Aún más. El redactor de La Crónica da cuenta del respeto de Lores hacia su padre. Es él quien lo “saca de su silencio”, quien le da permiso de hablar.

El 18 de junio de 1930, el mismo diario La Crónica da cuenta de un entrenamiento de Perú y habla de Lores. “La reaparición de Julio Lores es uno de los principales atractivos del espectáculo. En el entrenamiento de ayer se reveló el mismo jugador de siempre. Lores, quien pese a que no ha tomado bola desde más de un mes, se mostró como el jugador habilísimo que conocemos: un dribleador formidable y un shoteador estupendo”.

El 19 de junio, la Selección peruana enfrentó en un partido de preparación al Olimpia paraguayo. La Crónica afirma: “Poco después otro pase de Lores da lugar a un fuerte shot de Pacheco… Lores: director de la delantera… Se destaca Lores en sus servicios medidos y matemáticos (el subrayado es nuestro). A (Jorge) Góngora y (Pablo) Pacheco los harta de bolas pero estos no responden…”.

Es claro que Lores es tan “preciso y matemático” como Koochoi, o así lo perciben los periodistas. Además es un líder, no es egoísta, comparte el balón para lograr que otros se luzcan.

Leyendo lo que se dijo acerca de Koochoi y Lores, uno parece estar viendo jugar a otra estrella del fútbol peruano, esta de los años 80: César Cueto. Cueto era preciso en los pases, pero no era descendiente de chino. Es probable que la prensa de los 80 sea diferente a la de los 30. Pero a Cueto le decían el Poeta debido a que, con la precisión en sus pases, escribía versos. Era como si Cueto jugase con el corazón y no con el intelecto. Koochoi y Lores, en cambio, fueron precisos y matemáticos. Es claro que estos adjetivos fueron dados a dos jugadores tan virtuosos como Cueto pero, sobre todo, descendientes de chinos.

La precisión matemática empezó a vincularse con individuos de la llamada “raza amarilla”, peruanos desde entonces y para siempre.

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