La ficción de la Selección peruana en Argentina 78

Los hechos fácticos siguen siendo los mismos 39 años después: Perú fue humillado 6-0 por Argentina en medio de sospechas de dádivas y toneladas de trigo ofrecidas tras un pacto infame entre dictaduras afines. Más allá de las pruebas, la invención colectiva se encargó de fabular el resto de la historia: traición y deshonor forman parte del relato de la realidad. La novela La pena máxima (Alfaguara, 2014) de Santiago Roncagliolo incursiona en ese terreno entremezclando tres conceptos altamente inflamables: fútbol, historia e identidad nacional.

El asistente de archivo del Poder Judicial Félix Chacaltana Saldívar tiene una misión: averiguar quién mató a su mejor amigo, Joaquín Calvo. Esta es la premisa de La pena máxima, novela de Santiago Roncagliolo publicada en 2014. A lo largo de su investigación, el cumplimiento del deber y el deseo personal se encontrarán en constante tensión en la mente del protagonista, quien deberá lidiar con una variedad de personajes que exacerbarán dicha tensión: su propia madre, una viuda sobreprotectora; su jefe, el director del archivo a quien el fútbol le interesa más que cualquier otra cosa en la vida; Cecilia, novia de Chacaltana; y la atractiva Susana Aranda, amante de Joaquín Calvo y mujer de Héctor Carmona, almirante de Inteligencia Naval.

Esta precuela de Abril rojo, acaso la novela más célebre del escritor peruano, tiene una especial relación con el fútbol de nuestro país, pues el telón de fondo del argumento es la participación de la Selección nacional en la Copa Mundial de Argentina 1978. Recordemos que, en ese Mundial, Perú pasó como primero del Grupo 4 tras derrotar a Escocia e Irán, y empatar sin goles con Holanda, a la postre, subcampeona del torneo. La blanquirroja no marcó ni un solo gol en la segunda fase, en la que perdió 3-0 contra Brasil y 1-0 ante Polonia.

En términos de política e historia latinoamericanas, mucho se ha dicho sobre aquel Mundial que la albiceleste consiguió tras derrotar 3-1 a Holanda en tiempo suplementario un 25 de junio y en el que Perú se fue a casa tras recibir, cuatro días antes, seis goles del anfitrión. Así, por ejemplo, en su libro El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano dice acerca de este Mundial:

“La dictadura militar argentina… gozaba de buena salud, y para probarlo organizaba el undécimo Campeonato Mundial de Fútbol… El Papa de Roma envió su bendición. Al son de una marcha militar, el general Videla condecoró a Havelange en la ceremonia de la inauguración, en el Estadio Monumental de Buenos Aires. A unos pasos de allí, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz argentino, el centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo del mar”.

Ahora bien, no interesa en estas páginas ahondar en el contexto de la Copa del Mundo de Argentina 1978. Interesa, más bien, analizar la forma en que este contexto histórico (y, en particular, un episodio ocurrido en este contexto) es representado en La pena máxima, de Roncagliolo, y lo que nos dice la novela acerca de la identidad nacional peruana.

Para los nostálgicos, la formación de aquella noche (por el orden en la fotografía): Ramón Quiroga, Juan Carlos Oblitas, Alfredo Quesada, José Velasquez, Rodulfo Manzo, Roberto Rojas, Teófilo Cubillas, César Cueto, Jaime Duarte,  Juan José Muñante, Héctor Chumpitaz (capitán). REVISTA OVACIÓN.

Laurent Dubois, en su libro Soccer Empire: The World Cup and the Future of France, propone que el fútbol tiene un lugar especial en la política mundial, porque ofrece un escenario propicio para que un grupo de personas en diversos pueblos, ciudades y países construyan símbolos e ídolos que los representen y les den un sentido de comunidad. Por eso mismo, “el deporte rey” es el catalizador de preguntas, debates y conflictos acerca de la identidad de dicha comunidad imaginaria y acerca de qué y a quiénes esta representa. Dice Dubois: “cuando un equipo sale a la cancha, los hinchas dicen: ‘ellos son nosotros y nosotros somos ellos’. Pero a veces, esto puede provocar una contra-pregunta: ‘¿Quiénes son ellos y quiénes somos nosotros?’”.

Las siguientes líneas analizarán la novela de Santiago Roncagliolo siguiendo esta forma de entender el fútbol: como catalizador de preguntas acerca de la identidad, la historia y la política de una nación.

¿Cómo es la sociedad que nos describe La pena máxima?

En primer lugar, es el paradigma de una sociedad “futbolera”. Al inicio de la novela, un personaje anónimo debe entregar un paquete en un laberíntico sector de Barrios Altos. El personaje, que después sabremos que se trata de Joaquín Calvo, un agente de Inteligencia Nacional infiltrado entre grupos revolucionarios de izquierda, no puede encontrar el lugar de entrega ni a su contacto. Las calles están vacías y desde las casas solo se escucha un murmullo sin forma. “Un rugido lejano”, dice el narrador. Y es que no es un día cualquiera. Ese día juega Perú. Para ser precisos, es un 3 de junio de 1978. La selección nacional inicia su participación en el Mundial de Argentina enfrentándose a Escocia, a la que derrotará por 3-1 a pesar de comenzar por debajo en el marcador. Calvo empieza a ponerse nervioso al no encontrar a la persona a quien debe entregar el paquete. Para tranquilizarse, intenta enterarse de lo que sucede en el partido. El arquero, Ramón “El Loco” Quiroga, acaba de detener un penal que hubiera significado el 2-0 para los escoceses:

“Un nuevo rugido sacudió Barrios Altos. A pesar de su contrariedad, él sonrió levemente. ‘Este país es incapaz de organizarse para nada útil’, pensó. Pero frente a un partido de fútbol actúa con la disciplina de un ejército. De hecho, ahora el aire sonaba como una estampida. En la casa que él veía, todos se habían puesto de pie, y les gritaban a los jugadores del televisor, como si ellos pudiesen escucharlos. El niño con la casaquilla de Cubillas llevaba en la mano una bandera bicolor que sacudía frenéticamente”. (7)

Esta es la tónica general de la novela. Cada vez que juega Perú en La pena máxima, el mundo se detiene, afloran los sentimientos más nacionalistas entre los peruanos y los espectadores pierden toda capacidad crítica y se vuelven una masa, una estampida, una jauría que le grita a un televisor. Durante el mes de junio, las calles se inundan de banderas peruanas colgando de ventanas y puertas “como mortajas rojiblancas de una ciudad muerta” (4). Cada vez que Teófilo Cubillas marca un gol, muebles en el interior de las casas golpean el suelo, se escuchan aplausos y, sobre todo, “el grito de gol, una sola voz por todas partes como si tronase en el cielo”. (6)

El triunfo sobre Escocia (3-1), la goleada ante Irán (4-1) y el empate con Holanda (0-0) generaron una gran expectativa en los hinchas peruanos. En la segunda ronda, sin embargo, el desempeño fue decreciendo hasta tocar fondo ante Argentina (0-6)  ARCHIVO ADFP

Y eso que, como explica Andres Campomar, en su libro Golazo! The Beautiful Game from the Aztecs to the World Cup, no es que Perú llegara en las mejores condiciones al Mundial. De hecho, el equipo se mostró lento, sin ningún juicio en el plano táctico, y con una constante crisis de confianza durante las eliminatorias. Antes de ir a Argentina para enfrentarse a Escocia, Holanda e Irán, la Selección peruana no contaba con entrenador ni con un comité mundialista, ante lo cual la Federación Peruana de Fútbol pidió a los clubes de Primera división que escogieran a un director técnico y formaran un equipo, el cual tuvo en su mayoría jugadores de Alianza Lima y Sporting Cristal.

Las estrellas del grupo, Héctor Chumpitaz, Hugo Sotil, el mismo Cubillas, empezaban a dar claros signos de estar más cerca del retiro que de la cima de sus carreras. Y “El Loco” Quiroga, acaso el jugador más en forma en ese entonces, no tenía ese apodo en vano. A pesar de todos estos obstáculos, el nuevo técnico, Marcos Calderón, y la fiel hinchada peruana se mostraban optimistas.

Joshua Nadel postula en su libro Fútbol! Why Soccer Matters in Latin America:

“Fútbol (o futebol) es Latinoamérica. La gente vive para ello. Se mata por ello. Es una fuente de esperanza y una razón para el suicidio. Es una manera de escapar de la pobreza y la miseria para unos pocos y un escape intangible para millones más. Desde su llegada a finales del siglo XIX, el fútbol ha servido como un recipiente en el cual los latinoamericanos depositan sus esperanzas. Ha sido tanto un reflejo como una proyección idealizada de los países de la región”.

¿Cómo son los individuos que forman una sociedad futbolera como la peruana?

Uno de los personajes secundarios de la novela, el director del archivo del Poder Judicial donde trabaja Chacaltana, personifica a esta masa de hinchas que viven y se matan por el deporte rey. Él es el paradigma de una comunidad claramente machista, una comunidad en la que solo los hombres pueden consumir, disfrutar, entender y discutir sobre fútbol.

El director, “un hombre de unos sesenta y tantos años con una calva como de setenta y unos anteojos como de ochenta” (10) y quien, además, es el único personaje con cierta relevancia en el desarrollo de la trama que tiene nombre propio, pero no apellido, es el elemento cómico del libro. A semejanza de esa escena de comedia que hemos visto miles de veces, el director crea suspenso con preguntas o comentarios que bien podrían referirse al crimen que Chacaltana viene investigando pero que, en realidad, solo tienen un único trasfondo: la participación de Perú en el Mundial del 78.

Mario Kempes anotó dos de los seis goles la noche del 21 de junio en el estadio Gigante de Arroyito de Rosario. Los otros goles fueron marcados por Alberto Tarantini, René Houseman y Leopoldo Luque (2). Con ese resultado Argentina clasificó a la final. EL GRÁFICO

Esta es la conversación que Chacaltana y su jefe inmediato tienen justo después del funeral de Susana Aranda, la esposa del almirante Carmona y amante de Joaquín Calvo:

–Tristísimo.
–Sí, señor.
–Deprimente.
–Sin duda.
–Indignante.
–Lo que usted diga, señor.

El director del archivo temblaba de rabia. Cada cierto tiempo, emergía de su despacho y exigía algún papel del todo inútil, o reprochaba a Chacaltana alguna diligencia que el asistente sí había realizado. Pero era solo una excusa. Lo que en realidad quería era despotricar contra el equipo peruano.

– La sombra de sí mismos, hijito. Una vergüenza. Es imposible que hayan jugado tan mal. (175)

Tras haber sido derrotado 3-0 por Brasil el 14 de junio, Perú se enfrentó a Polonia cuatro días después en el segundo partido del Grupo B de la segunda fase del Mundial. La selección liderada por Cubillas no pasó del empate sin goles en el primer tiempo y cayó finalmente por 1-0 con un gol del gigante Andrzej Szarmach. Y es esta derrota lo tristísimo, deprimente e indignante para el director, y no lo que el lector acaba de presenciar: el entierro de Susana Aranda, una víctima inocente que se suicida ante el horror que cree haber descubierto.

En vista de que ella no podía tener hijos con su esposo, ella pensaba abandonarlo para irse a vivir con Joaquín Calvo. El agente de Inteligencia había conseguido de forma ilegal un bebé (ese es el paquete que lleva al inicio de la novela) y ella cree que su esposo asesina a su amante al enterarse de estos planes.

De esta derrota frente a Polonia, el director del archivo del Poder Judicial sacará el típico diagnóstico sociológico sobre la sociedad peruana que escuchamos cada vez que la Selección pierde o se deja empatar en el último minuto:

–¿Tú sabes cuál es el problema con este país?
–No lo sé.
–Que la gente no persevera. Se dan por vencidos muy rápido. Dicen: “Si ya pasé a cuartos de final, ¿para qué lograr más?”. Les falta ambición.
–Eso debe ser.
–Les falta creer en el triunfo.
–Claro. (175)

Nótese la ironía que se desprende de las palabras del director, un personaje que deja a un lado sus funciones en el archivo del Poder Judicial para ver los partidos de Perú junto a los guardias y presos de la carceleta, que aconseja a su asistente que viva un poco, vaya al fútbol y se tome una cerveza en vez de tomarse en serio su trabajo, que le recomienda que se haga el loco ante una denuncia sin nombre debido al pobre sueldo que el asistente recibe.

La floja actuación de la defensa peruana coincidió con la necesidad argentina de marcar más de cuatro goles. El exseleccionado Juan Carlos Oblitas contaría, tiempo después, que el dictador argentino Jorge Rafael Videla y el secretario de Estado de EEUU., Henry Kissinger, entraron al vestuario peruano antes del partido para un insospechado saludo protocolar. EL GRÁFICO

El director personifica la caricatura de un hincha peruano de fútbol: a aquel individuo que vive bajo la ley del mínimo esfuerzo y sin mayores aspiraciones en la vida, que se apasiona por el fútbol al punto de dejar de prestar sus servicios al país para centrar su atención en 22 personas que patean una pelota por 90 minutos, un sujeto pasivo que deja que las circunstancias tomen las riendas de su destino.

¿Cómo se mezclan lo público y lo privado, la ficción y la historia, el destino personal con el destino de la nación en La pena máxima?

Mediante la bochornosa derrota por 6-0 de Perú contra Argentina. A lo largo de la novela, el relato histórico de lo que va sucediendo en el Mundial llega al lector a través de las narraciones de los partidos insertadas en la trama y en alguno que otro comentario del director del archivo. Es él quien nos cuenta que Irán está matemáticamente eliminado antes de enfrentarse a la Selección nacional. Es él quien repasa la historia reciente de los enfrentamientos entre Perú y Brasil y, pese a que no quiere pecar de triunfalista, tampoco quiere cegarse “al buen momento del equipo”. Y es él quien nos avisa de los potenciales conflictos de intereses entre la doble nacionalidad peruano-argentina de Ramón Quiroga y la necesidad de que los anfitriones le metan al menos cuatro goles a Perú para clasificar a la gran final.

–Brasil juega con Polonia tres horas antes que nosotros, Felixito. O sea, que Argentina ya sabrá cuántos goles necesita para pasar a la final… Y nuestro portero, Quiroga, ¿sabes de dónde es en realidad? ¿Sabes dónde nació? En Argentina, para ser precisos, en Rosario. Justo donde juega Perú, que ya está eliminado, así que cualquier resultado le da igual. ¿Entiendes?…

Atrás de sus gruesos lentes, los ojos del director estaban abiertos en señal de consternación. Hablaba como si estuviese descubriendo un complot internacional contra el gobierno. (177)

La goleada ha quedado registrada como punto crucial de nuestra historia, la historia argentina e, inclusive, de la historia de los mundiales. Simon Kuper, en su libro Soccer Against the Enemy. How the World’s Most Popular Sport Starts and Fuels Revolutions and Keeps Dictators in Power, sostiene que Argentina debía ganar el Mundial, y que los generales peruanos que gobernaban el país durante la elección de la Asamblea Constituyente de 1978 estaban faltos de dinero y no veían ningún problema en ayudar a una junta militar como la suya. Luego del “favor” que recibió de los peruanos, Argentina “envió 35 mil toneladas de trigo gratis a Perú, y probablemente armas también, mientras que el banco central argentino desbloqueó $50 millones en créditos a Perú… Hasta el momento es probablemente el único partido de la Copa del Mundo que ha sido ganado mediante un soborno”.

Ramón Quiroga, argentino nacionalizado peruano, recibió los seis goles en su ciudad natal. Previo al partido, las sospechas recayeron sobre él. Luego, sobre Rodulfo Manzo, defensa central que al año siguiente sería fichado por Vélez Sarfield. EL GRÁFICO

A pesar de no querer caer en teorías conspiratorias, Andreas Campomar cree que el envío de trigo y el desbloqueo de créditos para la nación peruana no hicieron más que alimentar este tipo de teorías acerca de “por qué Perú se rindió de manera tan cobarde cuando se enfrentó a Argentina”, aunque admite que el hecho de que la Selección nacional ya estuviera eliminada fue otro factor a tener en cuenta.

La investigación de Chacaltana lo llevará a Buenos Aires. Justo el día de la catástrofe de la selección, el día en que supuestamente el dictador argentino Jorge Rafael Videla bajó al vestuario peruano para amenazar y/o sobornar a los jugadores, el día en que Quiroga pareció confirmar las sospechas del director del archivo, el asistente se encuentra en la capital argentina, tratando de reconstruir lo que hizo Joaquín Calvo los últimos días antes de su muerte. El agente infiltrado de Inteligencia Nacional había descubierto vínculos entre subversivos argentinos y grupos radicales de izquierda del Perú, y tuvo acceso a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). Allí, Calvo secuestra a un niño recién nacido de la sala de maternidad para presas políticas de este “Auschwitz argentino”. Como sospechaba Susana Aranda, su amante lo había hecho por el amor que le profesaba, pero ella equivocaba la identidad del asesino. El sospechoso, el almirante naval Héctor Carmona, morirá abaleado fuera de un lujoso hostal donde los ricachones limeños se daban sus escapadas sexuales antes de la final del Mundial.

Chacaltana visita la ESMA y presencia los horrores y las torturas que se cometen contra los presos políticos de la junta militar argentina. Y, como sucede en capítulos anteriores de la novela, la trama ficcional se desarrolla en contrapunto con los hechos históricos. Mientras el narrador nos presenta a un Chacaltana aterrado por el infierno que ve, Roncagliolo inserta narraciones del partido entre Perú y Argentina. Este es el clímax de la novela, el punto, como ya hemos dicho, en el que el mundo ficcional se enlaza con la realidad. El punto en el que descubrimos los horrores detrás de aquella Copa Mundial que la albiceleste obtiene por primera vez en su historia. El punto en que fútbol y política se funden como dos caras de una misma moneda.

Kempes ha minimizado todos estos años las versiones sobre un supuesto soborno. “Si llega a entrar la Junta (Militar) o cualquier militar dentro del vestuario de ellos, ¿vos creés que ningún periodista en ese momento lo hubiera sacado?”, dijo. EL GRÁFICO

Este es el punto, asimismo, que desencadena la mayor decisión que el director de archivo toma en la novela y acaso en su vida: jubilarse del archivo del Poder Judicial. La pasión por el fútbol del director, ese sentimiento de identidad que ha sido destrozado por un partido, ese sentimiento de pertenecer a una comunidad que ha sido traicionada por sus ídolos lo lleva a evaluar su propia existencia. El fútbol tiene el mismo efecto para los argentinos que celebrarán el triunfo de su Selección en las calles y para el director del archivo que renuncia a su puesto tras la goleada sufrida por Perú. Es la esencia que les da sentido a sus vidas, a sus ideas de identidad y a sus ideas de nación. Es, a final de cuentas, la fuerza que mueve la historia.

Alguna vez Jorge Valdano, aquel exfutbolista y escritor argentino, dijo que el fútbol es lo más importante de lo menos importante. Esta sería, de hecho, una adecuada frase para acompañar la carátula de una reimpresión de La pena máxima de Santiago Roncagliolo: un thriller que, pese a ser una novela light con personajes maniqueos y que le debe demasiado a textos vargasllosianos como Pantaleón y las visitadoras o ¿Quién mató a Palomino Molero?, es algo más que la historia de una investigación de un crimen ambientada en junio de 1978, cuando la sociedad peruana se encontraba en plena transición democrática; un thriller que nos da pautas acerca de nuestra identidad como nación, de las representaciones de ese ficticio “nosotros” y de nuestro rol en la historia.

 

 

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