Los bolos tienen los ojos rasgados

El señor Matsushita, sí, el de la casa embrujada, era un aficionado a ver pinos derribados y patrocinó a una larga lista de lanzadores nikkei en los años setenta. Cuatro décadas después, la Federación Peruana de Bowling la preside un médico de origen japonés. Para su mala suerte, el Comité Olímpico Internacional decidió no incluir este deporte en los Juegos de Tokio 2020. No podrán tirar bolos en el país de sus ancestros, pero la nueva generación ha sido capaz de construir una comunidad a partir de un vínculo mucho más fuerte que la propia herencia: la amistad.

A diferencia del promedio de niños peruanos, los primeros contactos de Daiji Yuzuriha con un objeto esférico no fueron entre el pie y un balón de fútbol. Todo empezó con la mano, que tocó una bola de resina de tres agujeros y que pesaba unos cuatro kilos. Tendría apenas cinco o seis años. Respirando profundo lograba cargar y lanzar la bola de boliche para derrumbar unas cosas que parecían botellas.

Lo que los limeños ven como un simple juego que se puso de moda hace pocos años, para la familia Yuzuriha Seragaki era un estilo de vida ya desde los noventa. Los padres competían en la Liga Nacional del Bowling que se celebraba en la Videna, adonde iban con sus hijos Daiji y Shinji como cola. Se turnaban entre tiro y tiro para correr a una pista alterna a enseñarles a lanzar la bola a los pequeños. Así ellos aprendieron el método nikkei de hacer chuzas.

Hoy Daiji (19), un flaco espigado, de cejas arqueadas y cabellos cortos erizados, tiene en casa diez bolas de boliche de distintos colores y materiales que pesan siete kilos cada una y que están perforadas a la medida de sus dedos. Su hermano Shinji (23) tiene la misma cantidad de bolas. A primera vista, no parecen hermanos. El mayor tiene rasgos de papá y el menor es muy parecido a mamá. Daiji es más alto que Shinji. Uno tira la bola con una sola mano mientras el otro lo hace con las dos. Shinji es fan de los videojuegos. Daiji los detesta y prefiere enfocarse en su propio negocio de venta de brownies. Shinji es distendido y coloquial, Daiji es decidido y disciplinado. Shinji parece peruano y Daiji, japonés. Pero los une el mismo impulso. Desde los 13 años, salían disparados del colegio rumbo a la desaparecida bolera de la avenida Garzón, en Jesús María. El precoz talento que mostraban hizo que el dueño acordara apoyarlos con horas gratuitas de entrenamiento a cambio de que vistieran la camiseta del equipo de la bolera en los torneos locales. Y así fue, empezaron a foguearse en los certámenes de Lima.

Daiji Yuzuriha (19), tiene diez bolas de boliche de distintos colores y materiales. Cada una pesa siete kilos y están perforadas a la medida de sus dedos. ANDRÉS KISHIMOTO

–Al ver a nuestros hijos jugar desde muy pequeños es que nace mi interés por ser dirigente, porque nunca se desarrolló este deporte en los menores –cuenta Juan Carlos Yuzuriha, quien puso los hombros para sacar adelante la Federación Peruana de Bowling y hoy es nada menos que el presidente. Médico pediatra de profesión, el líder de esta familia de bolichistas todavía se da tiempo para de vez en cuando derribar palitroques. Su esposa tiene menos tiempo, absorbida por los estudios.

Daiji y Shinji, en cambio, están en plena actividad. Como seleccionados nacionales han obtenido medallas de oro, plata y bronce a nivel sudamericano y hasta iberoamericano. Shinji, junto a Adrián Guibu, logró el año pasado un oro sudamericano en dobles, un título que el Perú no ostentaba hace veinte años.

Esta tarde de invierno Daiji entrena duro, embutido en una camiseta roja súper ceñida y unos pantalones plomos. “Naciste para ganar, pero para ser un ganador debes planear ganar, prepararte para ganar y esperar ganar”, se repite en ocho televisores pegados al techo de un amplio salón de parqués cremas y blancas luces centelleantes. Es una frase de Zig Ziglar, un orador motivacional estadounidense.

Kenny Kishimoto (23) es miembro de la selección de mayores. Ha logrado una medalla de plata en un Panamericano y participó del Mundial juvenil en China. ANDRÉS KISHIMOTO

Estamos en el Centro de Alto Rendimiento de la Federación Peruana de Bowling, en la Videna, y cerca de quince jóvenes y adolescentes de ascendencia japonesa pasan la tarde afinando su puntería frente a los pinos. De fondo, el barullo de la máquina que ordena los palitroques confunde a los muchachos. Son ocho pistas de veinte metros de largo untadas de aceite. Controlar la trayectoria de las bolas exige una precisión de relojero.

Así juegan los profesionales.

Shinji y Daiji, cuyos segundos nombres en español son Juan Andrés y Sebastián, se preparan con miras a un torneo centroamericano al que Perú ha sido invitado. Entre tiro y tiro, se acercan a una púber a la que le dan instrucciones. La niña les hace caso mientras ensaya sus lanzamientos en una pista alterna. Es Yumi, su hermana, que con tan sólo 13 años ya se alista para debutar internacionalmente. Es la última integrante del clan familiar.

Con una sonrisa complaciente, Shinji, el mayor, de cejas pobladas y contextura gruesa, comenta:

–Para su edad, mi hermana juega bien.

“Yo creo que cuando los japoneses vinieron al Perú empezaron a jugar y se pasaron la voz. Japón es potencia en bowling”, dice el deportista Yum Ishikawa (20), baja estatura, nariz pequeña y ojos tan jalados que desaparecen cuando sonríe. Es uno de los mitos fundacionales más repetidos. La historia del bowling peruano es fantasmal. No hay rastros de ella ni ha sido compilada oficialmente. Esa es una de las tareas pendientes de Juan Carlos Yuzuriha, el presidente de la federación, que de momento ha recabado algunos testimonios de viejos bolichistas.

Uno de los últimos descubrimientos de Yuzuriha puede ponernos los pelos de punta.

Para la comunidad nikkei todo habría empezado con un nombre que resulta familiar en Lima: Emilio Matsushita, dueño de la casa de terror más famosa de la capital. Fue un japonés que llegó al Perú de niño y fundó en el año 1950 una ferretería en el cruce de las avenidas Wilson y España, en el centro de Lima. La Casa Matusita, ya con la pronunciación deformada por el español, llegó a ser la ferretería más importante de la ciudad, pues poseía valiosos productos de sello internacional. Tras la desaparición del negocio y del dueño, la casa quedó deshabitada y empezó a circular la idea de que en su interior habitaban ánimas virreinales. Decían que quien se atrevía a penetrar en la casa derruida salía con una locura asegurada. Y la prensa televisiva envió temblorosos reporteros a despejar el rumor.

Yum Ishikawa (20) integra la selección nacional sub-21. Acaba de recibir una invitación del Bowling Combine, en Texas, que podría asegurarle una beca universitaria. ANDRÉS KISHIMOTO

Ha quedado demostrado que Emilio Matsushita, el exitoso empresario de aquella casa ferretera, tenía ánimo de filántropo y simpatizaba con el bowling. Entonces, en los años setenta empezó a patrocinar a bolichistas nikkeis como Isabel Onchi, Roberto Matsumoto, Vivi Mitsui y Julio Asato. Se trató tal vez de la primera generación de bolichistas peruano-japoneses, cuyos logros fueron difundidos por los periódicos de la comunidad nikkei de la época. El éxito tuvo un efecto multiplicador. Cada vez hubo más descendientes de japoneses tirando bolas sobre las pistas. Los campeonatos empezaron a ser auspiciados por empresarios nikkeis. Sin embargo, el bowling no es exclusivo de quienes tienen los ojos rasgados. También lo practican deportistas de otras procedencias que se han sumado a la efusión.

–En algún momento, fuimos potencia a nivel panamericano. Incluso, Javier Miró Quesada alcanzó el sexto lugar en un mundial de bowling– cuenta Juan Carlos Yuzuriha, para quien solo es una coincidencia que la selección peruana tenga tantos integrantes nikkeis.

En el bowling profesional cada tiro es una pincelada. Las pistas tienen distintos patrones de aceite que se van cambiando en cada lanzamiento, lo cual eleva considerablemente la dificultad de hacer chuzas. Al limpiar el aceite, pueden quedar en las pistas huecos o imperceptibles charcos que hacen patinar la bola. Cuando los equipos internacionales juegan en dobles o en ternas, siempre tienen presente el aceite. En el caso de Daiji Yuzuriha y Yum Ishikawa, la pareja de la selección nacional de bowling en la categoría sub-21, las cosas se complican. Daiji es diestro y Yum, zurdo, por lo que sus tiros tienen siempre distintas trayectorias y no es posible trazar la táctica grupal.

Entonces, apelan a las individualidades. Y les ha ido bien: han ganado dos medallas de plata, una a nivel sudamericano y otra, iberoamericano.

–Yo creo que es anímico –dice Daiji, mientras Yum asiente con la cabeza. Estamos en el Centro de Alto Rendimiento plagado de televisores motivadores–. La conexión que tenemos es buena porque somos patas. No dejamos que ser zurdo o ser diestro se vuelva un problema para nosotros.

En una competencia internacional, que suele durar de dos a cuatro días, un bolichista puede lanzar unos sesenta tiros diarios. Kenny Kishimoto, Daiji y Shinji Yuzuriha ya están habituados. ALBERTO NICHO/REVISTA SUDOR

Yum llegó al deporte cuando Daiji, con quien estudiaba en el colegio La Unión, lo invitó a la bolera de la avenida Garzón. Lo suyo no fue algo de familia. A los 13 años, igual que Daiji, ya se había cansado del béisbol y empezó a practicar bowling todos los sábados. Un año después, ya pertenecía a la selección peruana sub-16. Solía entrenar con Daiji y alternaba las pistas de juego con las fiestas en La Unión, ese colegio nikkei en el que luego del himno nacional del Perú se canta el de Japón. La amistad es una piedra preciosa en la cultura nipona. El primer viaje internacional que hicieron como equipo fue a un Panamericano en Puerto Rico. Aquella vez los demás competidores los miraron con asombro: pensaban que se habían equivocado y estaban enfrentando al equipo japonés.

Yum entrena dos horas diarias después de estudiar Administración. Lo cuenta mientras descansa en una silla alta. Viste el polo rojo de la selección peruana, pantalones negros y tiene el brazo izquierdo envuelto con unas tiras azules. Se lesionó un músculo en el último torneo iberoamericano que jugó en España. Las competencias internacionales duran de dos a cuatro días y cada día los jugadores hacen unos sesenta tiros. Una cantidad más que suficiente para resentir un nervio.

Yum y Daiji muy pronto dejarán la categoría sub-21 y podrían ser seleccionados de Perú en la categoría mayores. O también podrían dejar de jugar juntos por algunos años. Yum ha recibido una invitación para presentarse en el Bowling Combine, evento universitario en Texas, Estados Unidos. A ese lugar llegarán entrenadores de peso para detectar valores de distintos países. Una especie de Draft de la NBA. El talento definirá quienes recibirán becas de estudios y quiénes regresarán a casa. Yum es el primer bolichista peruano en tener esa posibilidad. Dicen que su presentación podría abrirle puertas a este deporte en el Perú. Según los conocedores, Yum tiene todas las condiciones para convencer a los seleccionadores.

Es mediodía de sábado y la bolera de la Videna está silenciosa. Kenny Kishimoto, camiseta roja y short negro, entrena mientras un par de cámaras siguen cada uno de sus movimientos al milímetro. El recorrido de la bola es evaluado al detalle, también la velocidad de sus lanzamientos y hasta la posición de sus pies. El nivel de sofisticación de este salón de parqués cremas ha convertido al Centro de Alto Rendimiento peruano en uno de los más modernos de Sudamérica. Al terminar la sesión, Kenny, un deportista de 23 años, reta a la pista de lanzamiento a un tipo mucho mayor que él. Ambos toman sus bolas, cuchichean algo entre ellos y pactan el premio: una gaseosa. Luego lanzan en simultáneo. El tipo mayor parece confiado, tiene la mirada seria, anteojos y barba estilo Tony Stark. Aunque no lleva ropa de entrenamiento, se le ve cómodo. Las bolas dibujan una trayectoria caprichosa y Kenny hace una chuza. El tipo de barba deja al menos cinco pinos de pie.

En uno de los tantos viajes, Daiji Yuzuriha aparece al lado de la entrenadora Gaby Zakimi. En la fila de adelante, su hermano Shinji (al medio) es poseedor del oro sudamericano en dobles. FEDERACIÓN PERUANA DE BOWLING

Kenny empuña el brazo para celebrar. El hombre vuelve a retarlo. Vuelve a perder. Kenny grita de alegría. No todos los días uno puede humillar a su sensei.

–¡Pos no se vale! Ya no tengo cambio. Al almuerzo te pago ese par de sodas– le dice Ernesto Ávila, un mexicano de 44 años, considerado por la revista Bowlers Journal entre los diez mejores entrenadores del mundo, en el 2009, y que entrena a la selección peruana por una “carambola de la vida”, dice.

Aunque Ernesto tiene muchos pergaminos por su táctica como entrenador internacional y exjugador mexicano, su método de entrenamiento deja en segundo plano lo técnico y se centra en el dominio de la mente y la personalidad. La vida lo ha tumbado tantas veces, como si fuera un pino más, que ha aprendido que lo importante está fuera de la pista.

–El bowling puede servir para madurar como persona porque no dependes de nadie, eres tú. Tu camino depende de ti, no hay excusas. Aquí no te marcan el penal ni la falta. Solo te marcan si el pino cayó o no cayó– explica. Tras su intimidante mirada y su barba cana esconde un discurso motivador.

De pronto, llegan quince jóvenes y adolescentes a la bolera y Ernesto les da la orden de iniciar el calentamiento. Los jugadores obedecen y empiezan la rutina. Deben aprovechar a su entrenador, pues solo pasa cinco días mensuales en el Perú. Ernesto, que vive en Mérida, dirige desde hace tres años un proceso de fortalecimiento de la Federación Peruana de Bowling. Mientras sus pupilos agitan sus brazos como nadadores de estilo mariposa, él piensa en voz alta. Dice que adaptarse al Perú no fue difícil y que aquí los jugadores de bowling tienen un detalle inusual en toda Latinoamérica.

Si bien no existe una historia oficial del bowling peruano, la primera referencia apunta a Emilio Matsushita, dueño de la misteriosa casa ferretera Matusita. El filántropo patrocinó a la primera generación de bolichistas peruano-japoneses. ALBERTO NICHO/REVISTA SUDOR

–Es ese chip japonés, esa disciplina de hacer las cosas es una gran herramienta. Trabajan muy bien en equipo y no tienen ese individualismo habitual en nuestras sociedades– dice con un acento que recuerda en cada palabra su origen mexicano.

Ernesto no solo ha trabajado de manera notable la técnica de los chicos, sino también su pensamiento. Les pide a Kenny, Yum, Daiji y Shinji que no se conviertan en “estrellitas” y sean un ejemplo de modestia para los menores. Y es fundamental, explica, que aprendan a dominar su carácter. En el bowling el camino a la frustración dura pocos segundos: lo que toma la bola en irse por la borda.

–Nosotros no queremos jugadores profesionales de boliche, no queremos que tengan que hacer una chuza para comer –comenta Ernesto, cuya filosofía toca hasta a los más distraídos. Los jugadores de bowling deben estudiar en la universidad y tener sus propias carreras. Shinji y Daiji van a la Facultad de Ingeniería Industrial, por ejemplo. Cuando les han contado a sus compañeros de clase que entrenan para lanzar bolos, alguno les ha dicho: ‘Yo ni me imaginaba que eso era un deporte’.

La selección nacional está a cargo del mexicano Ernesto Ávila (44), considerado por la revista Bowlers Journal, en 2009, entre los diez mejores entrenadores del mundo. Solo pasa cinco días al mes en el Perú. ALBERTO NICHO/REVISTA SUDOR

Uno de quienes escucha al entrenador con más atención es Kenny. Miembro de la selección de mayores, ha logrado una medalla de plata en un Panamericano reciente. Le apena no conocer Japón, el lugar de sus orígenes. Ha ido a China a un Mundial juvenil, pero por más que todos le digan chino no se siente uno. Y para su mala suerte, el Comité Olímpico Internacional ha decidido excluir al bowling de los Juegos de Tokio 2020. Infortunio cruel que comparte con los muchachos de la selección.

Ahora los discípulos de Ernesto forman un círculo y hacen esas flexiones de estiramiento llamadas polichinelas, pero con un peculiar detalle: Kenny, quien dirige el entrenamiento, lanza una ecuación matemática mientras todos saltan. Los jugadores deben resolver los problemas algebraicos mientras estiran brazos y piernas. El resultado de la ecuación es el total de polichinelas que deben hacer. Aquel que se pase una sola, advierte Ernesto, deberá hacer veinte planchas.

De pronto, se comienzan a escuchar risas: cada vez son más los que hacen planchas. Los japoneses también pueden ser malos en matemáticas. Uno intuye que Ernesto va a “regañar niños”, como suele decir. Pero en vez de lanzarles un sermón forma cuatro equipos y los manda a hacer lanzamientos. Pero, ojo, nadie debe apurarse. El suelo está aceitoso y la bola es caprichosa. ♦

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