Un peruano campeón del mundo

La fantástica historia de Genaro Nieri se remonta a los años treinta. En tiempos en los que el fútbol aún podía ser territorio de soñadores e idealistas, un inocente engaño acaba convirtiendo en drama la vida de un futbolista chalaco casi retirado y cocinero por necesidad. Fama, amor e identidades falsas en la lejana Italia de Mussolini, ad portas de la Segunda Guerra Mundial, componen este relato urdido desde el placer por las tramas ocultas. Un cuento de Alejandro Neyra, escritor de la saga CIA Perú y actual director de la Biblioteca Nacional del Perú.

Nadie debe saber –y quizás tampoco creer– que un peruano fue campeón mundial de fútbol.

Esta es la primera vez que alguien escribe sobre Genaro Nieri: campeón del mundo en el Mundial de fútbol de 1938 jugando con la squadra azzurra, excelente cocinero, general condecorado por Benito Mussolini y, por sobre todo, romántico y fiel enamorado.

Pero… ¿Quién fue Genaro Nieri? ¿Era peruano? ¿Cómo llegó a Italia? En este breve artículo, que es sólo un adelanto de lo que esperamos sea en un futuro cercano un libro sobre la vida de este gran jugador, trataremos de exponer los resultados de las investigaciones que hemos venido realizando por varios años para descubrir el misterio de este peruano como pocos. Solo presentamos nuestras excusas por la manera desordenada de la presentación, pues la historia de este peruano es también bastante difusa y hemos intentado hacer un repaso general por diversos aspectos de su vida que, sin embargo, resultan cruciales para entender su historia.

Demetrio Neyra nació en el Callao en 1911 [1], pocos minutos antes del nacimiento de su gemelo Genaro. Desde niños, ambos destacaron como estudiantes en el colegio Grau de La Punta, pero también en el balompié. Ya desde sus años de secundaria fueron conocidos como “los gemelos diabólicos” por su extraña e innata habilidad para la gambeta, el pique corto y las más extrañas piruetas con el balón, en ese deporte que ya se había convertido en el más popular del puerto peruano. Curiosamente, siendo físicamente idénticos –al punto que su propia familia podría haberlos confundido– la personalidad de ambos hermanos era diametralmente distinta. Así, mientras Demetrio era pícaro y juguetón, Genaro –conforme a la versión de algunos chalacos centenarios que los conocieron o por lo menos creen recordar haberlos conocido– era tímido e introvertido, aunque igual siempre destacó como estudiante y deportista.

En todo caso, lo que parece quedar claro es que, ya en los últimos años del colegio, ambos empezaron a jugar para el club Atlético Chalaco, cuadro con camiseta rayada rojiblanca, que efectuó notables actuaciones en el fútbol amateur de las primeras décadas del siglo XX. En 1927, las buenas actuaciones de los Neyra llamaron la atención de algunos jugadores-dirigentes de Alianza Lima, el equipo más poderoso de entonces, quienes les ofrecieron ayuda económica a cambio de su mudanza al barrio de La Victoria para jugar por el cuadro que en aquel entonces ya había abandonado el uniforme blanquiverde, con el que nació en el stud Alianza, por el clásico de listones blanquiazules.

Demetrio, luego de consultarlo con sus padres, aceptó; mientras que Genaro, apegado a la familia, al barrio y a los estudios, no quiso hacerlo. Pronto Demetrio alcanzó la consagración jugando en aquella delantera del Alianza Lima –de cinco jugadores conforme a los cánones técnicos de la época– en la posición de insider izquierdo. Sus buenas actuaciones lo llevaron a ser seleccionado nacional, participando incluso en el sudamericano de Buenos Aires, donde llegó a marcar un gol de chalaca [2], considerado por algunos como el mejor del campeonato.

Mientras aquel hermano se dedicaba al fútbol, el otro Neyra se concentró en culminar sus estudios secundarios para luego, con la ayuda económica de Demetrio, postular a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en donde seguiría la carrera de medicina. Allí fue que se hizo amigo de Plácido Galindo y los fundadores del club Universitario de Deportes, por el cual llegó a jugar en sus primeros encuentros, cuando aquel club todavía usaba unas sencillas camisetas blancas que a fuerza de lavadas y percudidas se iban convirtiendo naturalmente en el crema que popularizaría a aquel cuadro. Sin embargo, su interés por los estudios fue más fuerte y empezó a jugar de manera cada vez más esporádica.

Pero la historia de Genaro cambió en unos instantes en el año de 1930. Demetrio ya había sido convocado para viajar a Montevideo formando parte de la Selección peruana de fútbol que participaría en el primer Campeonato Mundial de Fútbol, cuando súbitamente sufrió una apendicitis que lo marginó del plantel elegido para ir hacia el Uruguay. Increíblemente Demetrio, apenas operado, llegó a convencer a Genaro para que viajara en su lugar con la delegación nacional y tomara así su lugar en el plantel, de modo que uno de los Neyra pudiera estar presente en aquel momento histórico.

COMPOSICIÓN FERNANDO CORTÉS

Pese al carácter reservado de Genaro, y al nerviosismo natural de cualquiera que de la noche a la mañana debe cambiar de vida, él pronto se familiarizó con todo el equipo y ninguno de sus compañeros notó que no era Demetrio Neyra, el extraordinario jugador aliancista, el que los acompañaba. Lo que pasó en el Mundial es historia por todos conocida. Primero una derrota contra Rumania por 3-1 y luego el gran partido –aunque con derrota, como suele suceder en las grandes actuaciones del fútbol peruano– contra Uruguay, con el que se inauguró el Estadio Centenario, y con extraordinarias actuaciones del arquero Pardón y de Neyra.

Y es aquí donde recién empieza la verdadera historia de Genaro Nieri.

Luego de ese partido contra Uruguay se le acercó a Genaro un italiano que había ido para ver jugadores rioplatenses [3], pero que quedó impresionado con el fútbol de Neyra. Extrañamente, sobre todo si se tiene en cuenta la tímida personalidad de Genaro, este fue convencido para viajar a Italia, en donde jugaría en el cuadro Hellas Verona, de la Serie B, con el propósito de adecuarse al ambiente europeo y ver si posteriormente era posible el traspaso a un club de la Liga Mayor italiana. La versión que dio Demetrio (Genaro) Neyra para quedarse en Montevideo y no regresar a Lima con la Selección peruana fue el deseo de visitar a unos familiares que había encontrado en Montevideo, con quienes presuntamente se quedaría. Desde aquel momento el joven nunca más habría tomado contacto con su familia, más allá de una carta que remitiría con su amigo Plácido Galindo, en el que explicaba a su familia su interés por conocer Europa.

La desaparición de Genaro de la facultad de medicina fue explicada con un viaje a los Estados Unidos, donde supuestamente continuaría sus estudios. La reaparición de Demetrio Neyra con Alianza Lima, luego de superada la apendicitis, y volviendo a tomar nuevamente su propia personalidad –explicando además la manera en que supuestamente había regresado de Montevideo– no tuvo nada de notable. Más aún, al parecer luego de aquella lesión el juego de Demetrio decayó y aquel joven pícaro y alegre se sumió en una profunda depresión –ahondada por la partida del hermano– que lo llevó tempranamente a la tumba.

Luego de un largo viaje en barco, Genaro Neyra llegaba a Verona, en donde, como algunos jugadores de varios otros países americanos, se enroló para jugar en el calcio. Sin embargo, en el caso de Genaro, el dirigente Guglielmo Coppola lo convenció para fraguar sus documentos a fin de contar con la nacionalidad italiana, lo que haría todo mucho más sencillo. Así fue que se le creó una partida de nacimiento con el nombre de Genaro Nieri, nacido en Torino, en 1913. De ese modo, Genaro estuvo algún tiempo adecuándose al ambiente veronés, aprendiendo el idioma –que no le resultó difícil– y en enero del año 1931 se incorporó oficialmente al club Hellas de la serie B, en donde empezó a jugar en la posición que habría llevado a su hermano a Montevideo: insider izquierdo.

En el campeonato 1931-1932 Nieri marcó 11 goles y fue nombrado mejor jugador del equipo de Hellas, el cual quedó a un puesto de la promoción a la Serie A. En aquel momento varios cuadros de la Liga Mayor quisieron contratar a Nieri. Sin embargo, Genaro decidió quedarse en la ciudad que lo había acogido, en pequeña parte por amor al club, en gran parte por amor a una joven y hermosa veronesa de nombre Giulietta.


Aunque la historia de amor que hemos descubierto al investigar la vida de Nieri no parecería tener algo que ver en la historia de éxitos deportivos, creemos que es necesario incluirla, pues muchos detalles sin duda afectan la vida personal del hombre. Del mismo modo que la obra de un escritor o un artista está marcada muchas veces por una infancia alegre o triste, una madre comprensiva o desaparecida, amigos tranquilos o parranderos, etc., en el caso de Genaro Nieri no podríamos olvidar esta tormentosa parte de su vida para comprender su éxito como deportista.

Giulietta Zanetti era una joven veronesa cuyo mayor sueño era convertirse en actriz de cine, como la mítica Elena Sangro, Francesca Bertini o Lyda Borelli. Tenía 17 años, un rostro hermoso y un cuerpo en el que apenas se iban resaltando las formas de aquel capullo de mujer. Su hermano mayor, Massimo, era un inmenso defensa del Hellas Verona y mejor amigo de Nieri. Por eso, cada vez que Giulietta iba al entrenamiento a llevarle a Massimo el almuerzo o un recado de su madre, se saludaban y cruzaban esas simples miradas que esconden los sentimientos más profundos.

Así nació el amor, sencillo, tierno y casi infantil, de Genaro y Giulietta. Por supuesto, ellos mismos, con la inocencia del descubrimiento –ni Genaro ni Giulietta habían siquiera besado a alguien del sexo opuesto… y asumimos que tampoco del propio– tardaron mucho en reconocer que ese hormigueo en el cuerpo cuando se veían y esos nervios que sentían cuando apenas se rozaban, era aquello que en las películas y en los libros se denominaba hermosamente amore.

Luego de la fiesta de año nuevo que recibía el 1933, siendo casi las tres de la mañana, Genaro le dijo a Giulietta las palabras más dulces del mundo: Io ti amo; luego la tomó de la cintura y apenas rozó sus labios con los de Giulietta, prometiéndole su amor para siempre y su deseo de casarse con ella. En aquel momento no se dieron cuenta del problema que empezaba para ellos…


Cuando al día siguiente Giulietta comentó alegremente lo que Genaro le había dicho, los rostros de los miembros de su familia se transformaron radicalmente. Massimo se paró, caminó hacia ella y frente a sus padres y siete hermanitos le dio una bofetada, la levantó de la mesa y la obligó a retirarse a su cuarto, con la anuencia de los padres y el llanto y temor reprimidos de sus hermanos.

Sin saber por qué sucedía todo de esa manera, Giulietta se quedó llorando durante tres días y noches en su cuarto, comiendo apenas algo de lo que su madre le llevaba por las madrugadas, a escondidas de su marido y de su hijo mayor. Solo salió cuando su padre fue a tocarle la puerta en la mañana del cuarto día y le dijo que tenían que hablar. Esa frase fue completamente metafórica. Giulietta sólo pudo escuchar los argumentos de su padre y de Massimo, quienes le dijeron que ella no podía amar a Genaro porque nadie sabía su origen y debía entonces casarse con Giuseppe Parigi, hijo de una familia acomodada en Verona, quien ya había mostrado interés en tomarla por esposa y a quienes ellos veían con buenos –y seguramente codiciosos– ojos.

Giulietta entonces subió nuevamente a su cuarto y escribió una larga carta a Genaro, pidiéndole que la olvidara y se alejara de ella y su familia. Sabía que era lo correcto. La obediencia a los deseos de su padre y sus hermanos podían ser más fuertes que sus sentimientos hacia Genaro; o por lo menos eso intentaba creer entonces.

Cuando Genaro recibió la carta de manos de uno de los pequeños hermanos de Giulietta, se sintió aliviado y pensó que era una aceptación. Pero cuando leyó las tristes palabras de aquella carta, cuya tinta se notaba corrida por las lágrimas de su amada, se sintió morir. Aún faltaba una semana para el reinicio del campeonato, pero Genaro se dio cuenta que no quería jugar… no podría. Se encerró en el cuarto en el que vivía, en un barrio humilde de Verona y pensó incluso en regresar al Callao y volver a sus clases de medicina. Todo había sido una locura… el fútbol, el viaje, ¿Giulietta?

COMPOSICIÓN FERNANDO CORTÉS

Decidió entonces contestarle a Giulietta. Decirle lo que pensaba, todo lo que pasaba por su cabeza, hablarle de su soledad, de sus dudas, de su amor. Y le dijo que, pese a todo, había decidido que la seguiría amando. No importaba si ella se casaba con otro o se volvía monja. Sin embargo, sabía que la cercanía de Massimo lo frustraría y le impediría continuar con su amistad. Por eso decidía irse a probar suerte en otra ciudad, desde donde siempre le seguiría escribiendo y desde donde la seguiría queriendo más allá de cualquier obstáculo… para volver por ella algún día cuando todo fuera diferente.

Genaro Nieri se marchó a Bologna, donde se dedicó a varias cosas, pues había decidido ser un hombre de pueblo y dejar el fútbol que lo había llevado a Italia y le había dado una efímera felicidad, pero ahora le traía la más grave de las desgracias.

Primero comenzó a trabajar en una panadería, luego fue mozo de un restaurante y terminó como cocinero, casi sin proponérselo. Siendo ayudante de cocina en un restaurante boloñés tuvo que suplir un día al cocinero, quien faltó imprevistamente debido a un cuadro fulminante de apendicitis. Justamente por esos días el neófito e improvisado chef tuvo que inventar un plato que, a la larga, se haría famoso en aquella época –y cuya fama terminaría abruptamente, por obvias razones, en 1943– como “il tagliatelle alla Duce”, pues el propio Benito Mussolini lo probó y lo eligió como el mejor de su vida, en una de sus visitas populares a Bologna. Y fue también el mismísimo Duce quien tras felicitarlo por tan exquisita creación y conversar un momento con él, le recomendó volver a practicar el fútbol. Ya para entonces era 1936 y lo único que Genaro no había cambiado era su amor fiel e incondicional por Giulietta, a quien no había dejado de escribir diariamente las más bellas cartas que puedan imaginarse, recordándole siempre su promesa de no dejar de amarla y de volver algún día para casarse con ella.

Sin saber qué hacer, Genaro fue a probarse al club Bologna, con una breve nota del mismísimo Duce, que creía que alguien que podía cocinar tan bien, podría ser igualmente buen jugador y buen amante –y aunque no lo fuera, siempre se podría asesinar a quien dijera lo contrario. Sin que él se lo propusiese, el destino llevó a Genaro nuevamente al fútbol. Y como siempre, no pasó mucho tiempo para que Genaro volviera a convertirse en el gran insider izquierdo que fue en el Atlético Chalaco, colaborando con más de 21 goles en el bicampeonato del Bologna en los torneos de 1935-1936 y 1936-1937.

Giulietta, por su parte, se había casado con Giuseppe Parigi en 1934, pero siempre se las arregló para escribirle también diariamente a Genaro, jurándole en cada una de aquellas hermosas cartas –con caligrafía juvenil y siempre con dibujos y detalles que solo las jóvenes enamoradas pueden inventar– que aun cuando su cuerpo fuera de Parigi, su corazón, su alma y sus pensamientos serían siempre para él.


La escuadra italiana había sido campeona del mundo en 1934, bajo las órdenes del maestro Vittorio Pozzo, pero con un gran aliado moral en el público italiano y político en Benito Mussolinni. El fútbol en Italia, como sucede casi hasta ahora, es una cuestión de Estado. Por ello la base del equipo se mantuvo para afrontar el mundial de 1938 en Francia, con algunas inclusiones decisivas como la del gran goleador Silvio Piola [4].

Un mes antes del viaje a París, Piola habría sufrido también una apendicitis. Esta tuvo que ser ocultada a la prensa para evitar el escándalo y eventual pánico que la ausencia fortuita del goleador de la selección hubiera creado en el pueblo italiano, que vivía aquellos días únicamente preocupado en la suerte de sus campeones. Vittorio Pozzo se habría comunicado entonces con il Duce, a quien consultaba las decisiones más importantes del team, y habría sido el mismísimo Mussolini quien obligó a que se siguiera manteniendo el secreto sobre Piola y decidió que para el viaje debían convocar inmediatamente a aquel delantero del Bologna y gran cocinero que se llamaba Genaro Nieri, a quien Pozzo no había tomado en cuenta para el campeonato mundial.

De esa manera, Genaro fue convocado para viajar a París como parte de la Squadra azzurra y participar en la tercera Copa del Mundo. Cuando recibió el saludo de despedida del Duce, este le dijo, reconociéndolo inmediatamente: “Amigo Silvio, regrese con la Copa del Mundo o con las piernas rotas. Esas son las únicas formas en que podrá volver a esta, su tierra”.

La historia de París se encuentra en cualquier libro de los mundiales. Italia venció en la final a Hungría 4 a 2 y Piola fue uno de los goleadores de aquel mundial con 5 tantos. Ninguno de sus compañeros dejó de llamar Silvio a Genaro Nieri durante el campeonato. Ninguno de ellos dijo nada a sus familias ni amigos. Sin dudas ni murmuraciones, y con el mayor de los éxitos, Nieri pasó por Piola.

Cuando el Duce recibió al equipo campeón del mundo de vuelta, abrazó uno por uno a todos los jugadores, y le dijo a Genaro: “Piola ha vuelto envuelto en gloria. Y Silvio sabrá disfrutarla. A ti, amigo Genaro, te tengo reservada una gloria mayor”.

Genaro Nieri partió aquella noche de julio de 1938 en el auto del Duce. A los pocos meses –víctima de la lógica de Mussolini, para quien un buen futbolista y buen cocinero debía ser también un buen soldado, y luego de un breve entrenamiento en Roma– partió como capitán de uno de los regimientos de Italia en Eritrea, al noreste de África. Solo cuando cruzaba el Mediterráneo, Genaro cayó en cuenta que nunca sería quien quería, que debió haber contado al Duce la verdad en aquel restaurante boloñés y confesar que lo único que le interesaba en el mundo era volver a ver a la bella veronesa a quien seguía amando. Para entonces, si se hubieran puesto una tras otra, las cartas de Genaro y Giulietta hubieran cubierto toda la longitud de la bota itálica.


Una estricta narración de la historia del futbolista (quedando claro que la documentación y pruebas serán incluidas en la edición final que pretendemos elaborar) podría terminar aquí. Sin embargo, la vida del jugador no puede desligarse de la vida del hombre. La pasión del goleador no puede compararse al dolor del amante insaciado ni a la alegría de aquel correspondido. Genaro Nieri nunca volvió a jugar al fútbol, Piola se siguió cubriendo de gloria año tras año, siendo casi un héroe nacional, mientras que Nieri –como cualquier otro soldado italiano que luchó en aquella guerra– nunca pudo elevarse de la categoría de combatiente. En todo caso, queremos compartir también con ustedes la vida del hombre.

COMPOSICIÓN FERNANDO CORTÉS

Genaro llegó como comandante del IV Regimiento del frente norafricano hacia finales de 1938. En Eritrea logró apaciguar algunas insurrecciones, lo que le valió una condecoración enviada con una carta de felicitación escrita de puño y letra por el mismísimo Duce y, luego del inicio de la Segunda Guerra Mundial, pasó a trabajar muy de cerca con las tropas del Afrika Korps de Erich Rommel, de quien se hizo gran amigo. Gracias a esa amistad y luego de una larga discusión sobre la necesidad y las consecuencias de la guerra, Rommel dejó que Genaro –quien pese a su cargo era un idealista y creía en la posibilidad de la paz– marchara del teatro de acciones hacia Casablanca en 1941. Luego de conseguir un pasaporte falso en un tal Café Rick´s de aquella ciudad marroquí, partió rumbo a Nueva York, en un carguero portugués a inicios de 1942.

Por otra parte, Giuseppe Parigi había sido reclutado y enviado también al norte de África. Era octubre de 1940 cuando en una emboscada Parigi recibió un balazo mortal, siendo sepultado en una fosa común de un pueblo cercano a Addis Abbeba. Giuletta recibió apenas una escueta carta en la que se le daba el pésame por la muerte de su esposo, firmada, sin que él mismo se diera cuenta (pues para entonces las cartas de pésame que el comandante del regimiento italiano debía firmar cada día se contaban por decenas), por Genaro Nieri.

Giulietta, sintiéndose entonces viuda, reconoció con una alegría inocultable –de la que se sintió inmediatamente avergonzada– la firma del amante por tantos años perdido. Ella había seguido escribiendo cartas que inevitablemente le eran devueltas, por no existir ya en territorio italiano ningún Genaro Nieri; mientras que al soldado jugador de fútbol le fueron escondidas todas las cartas sin que fueran siquiera enviadas, por expresa decisión del Duce –quien temía que en alguna de ellas contara o siquiera deslizara la idea del suplantamiento de Piola, que podía ser más importante que cualquier secreto de Estado.

La joven y aún hermosísima viuda huyó primero a Sicilia, desde donde envió una larga carta a Genaro, quien lloró de alegría por noches enteras al recuperar la esperanza perdida tanto tiempo atrás. Luego ella partió a Nueva York, donde los refugiados llegaban por miles. Desde allí siguió escribiendo, mientras desempeñaba diversos trabajos temporales que le permitían sobrevivir.

Por aquel entonces nuevamente las cartas siguieron perdiéndose, desviándose, interceptándose, aun cuando ambos mantenían la secreta esperanza de un nuevo encuentro. Cuando Genaro pudo partir hacia Nueva York, a inicios del 42, llevó consigo las cuatro únicas cartas recibidas desde aquella escrita en Sicilia, las cuales releía diariamente y sabía ya casi de memoria. Por su parte, Giulietta nunca pudo recibir una carta del comandante italiano, a quien se le seguían interceptando las cartas, aunque, a esas alturas de los acontecimientos, a pocos les hubiera interesado que Piola hubiera sido otro joven jugador italiano o un peruano nacido para suplir siempre a alguien en el momento adecuado.

En Nueva York, los italianos se reunían siempre en determinados lugares (cafés, restaurantes, bares) donde comían, se conocían, se enamoraban y luego decidían establecerse en algún lugar, buscar trabajo o partir hacia alguna otra ciudad en donde fuera más sencillo disimular su origen y empezar una nueva vida. Quizás por ello no resulte tan inverosímil que el encuentro de los aún jóvenes Giuletta y Genaro se haya producido casualmente un 20 de abril de 1942, en el restaurante “La finestra da fronte”, cuando ambos se disponían a escribir su carta diaria sin saber bien a dónde, ni cuándo llegaría, pero con el mismo amor que habían descubierto en la lejana Verona hacía exactamente 10 años atrás.

Cuando se miraron se vieron un poco diferentes a las imágenes que ambos guardaban en sus recuerdos. Menos jóvenes, menos atractivos, menos conocidos. Y sin embargo, cuando se dieron la mano, se dieron cuenta que mantenían la misma timidez que para ellos escondía el amor. Inmediatamente después de mirarse a los ojos, se dieron cuenta de que se seguían amando, se abrazaron, se besaron y se fueron a un cuarto miserable donde hicieron el amor durante varios días, con breves interrupciones para cubrir sus necesidades de sueño y hambre.


Queda claro que la última parte de este relato ha mezclado un poco de la historia verdadera con la historia que hemos querido imaginar. No hay historias que sean un fiel reflejo de la realidad, pues esta es enteramente inasible. Quizás a lo largo de nuestras investigaciones hayamos seguido pistas falsas o documentos que carecen de veracidad. Quizás las historias que nos contaron algunos de los sobrevivientes de la guerra y del fútbol no sean más que grandes bromas de viejos que quisieron entretenernos y, al mismo tiempo, escuchar sus propias palabras durante horas, conforme a lo que ellos hubieran querido ser o lo que hubieran deseado que aquel Genaro Nieri fuese. Por eso debería dar lo mismo el final de esta historia, pero es este el que, a falta de relevos de prueba y confesiones de parte, hemos querido imaginar, sin que se añada o quite algo a la verdadera historia del único peruano campeón del mundo de fútbol.

El 20 de mayo Genaro y Giulietta partían en un barco mercante norteamericano que daría la vuelta por el cabo de Hornos hasta llegar al Callao. Se instalaron en la calle Progreso y después de varios meses, en los que trabajaron como ayudante de panadero él y como sirvienta ella, lograron instalar un restaurante que poco a poco se hizo conocido como el mejor lugar de pastas de la ciudad, a pocos metros de la última estación del tranvía Lima-Callao. Hoy aún se puede apreciar el ennegrecido cartelón que anunciaba la specialita de la casa: Tagliatelle a la veronesa.

El buen Genaro Nieri, como dijimos antes, no volvió a jugar fútbol desde que llegó a Lima. Tampoco hizo nada por encontrarse con su familia ni los amigos del barrio. Mucho menos mencionó nada a nadie acerca de sus éxitos deportivos o militares y cuando sus hijos le preguntaban sobre la juventud, solo llegaba a mencionar su interés por la cocina y por la mujer que siempre amó y que fue su esposa.

COMPOSICIÓN: FERNANDO CORTÉS

La familia Nieri Zanetti tuvo cinco hijos hombres, todos peruanos, cuyas disímiles historias (un cura, un militar, un futbolista, un médico y un abogado) darían para nuevos libros y digresiones que, por lo menos ahora, aún no viene al caso recordar.

Los viejos chalacos recuerdan que en algún momento aquellos italianos simpatiquísimos que solían invitar muchas veces gratis a las parejas de enamorados que llegaban a su restaurante, se mudaron a Miraflores, llenos de dinero, para dedicarse a negocios cada vez más complicados y diversos, pero siempre regresaban al Callao a visitar a los amigos y conocidos, hasta que… quién sabe, a todo el mundo le llegase el olvido… o la muerte.

Notas:

[1] Conforme a la partida de nacimiento encontrada, Demetrio y Genaro Neyra nacieron el 15 de octubre de 1911, en la calle Grau del distrito de La Punta, hijos de Demetrio Neyra y Clemencia Weston.

[2] Según algunos entendidos dicho gol fue el que popularizó el nombre de “chalaca” con el que algunos ya habían empezado a designar al gol marcado de shot por encima de la cabeza, estando de espaldas al arco y que en la mayor parte de Sudamérica se conoce como chilena.

[3] Efectivamente varios jugadores argentinos como Orsi, Guayta, Varallo, entre otros, partieron a Italia donde además jugaron por la selección europea en su calidad de “oriundi”.

[4] Silvio Piola (1913-196) Hijo predilecto de la provincia italiana de Vercelli, gran capocannonieri del calcio italiano. Jugo en Provercelli y se hizo famoso jugando por la Lazio de Italia. Gracias a eso fue convocado a la squadra azzurra donde siempre destacó por sus dotes goleadoras y caballerosidad. Extendió su carrera futbolística desde 1930 hasta 1953 (con un intermedio en el que luchó en el ejército italiano y en el que se le creyó muerto, habiendo estado desaparecido y recluido en Francia por casi dos años hasta el fin de la guerra) y es considerado uno de los más grandes jugadores italianos de todos los tiempos.

*Este cuento, originalmente publicado en el libro Peruanos Ilustres (Solar, 2005), ha sido incluido en Breve historia (o)culta del Perú (Trascender, 2017)

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