El poeta que se metió a la cancha

El fútbol no ha sido un tema ausente o huero en la poesía peruana. Si bien limitado a algunas menciones, el poemario La gran jugada. Crónica deportiva que trata de Teófilo Cubillas y el Alianza Lima del recientemente fallecido Arturo Corcuera es el caso más paradigmático. Inclasificable, no tanto por su corte experimental, sino por el tema que lo atraviesa (no el fútbol, sino el amor por él), este libro fue iniciado en 1974 y acabado en 1997 por el vate de la llamada “Generación del 60”, un vehemente hincha que en su juventud no dudaba en lanzarse al gramado por los autógrafos de sus ídolos.

Contrario a lo que sentencia el lugar común, el fútbol no es un tema ausente en la poesía peruana. Mucho menos es tratado como un tópico huero, indigno de reflexión y detenimiento. El poeta y académico Eduardo Chirinos lo advirtió y documentó, aunque someramente, en un artículo de su libro Epístola a los transeúntes (Fondo editorial PUCP, 2000). En él menciona, por ejemplo, al vate huancaíno Juan Parra del Riego, quien dedicó afiebrados versos a Isabelino Gradín, delantero afrouruguayo que llevó a la selección charrúa a ganar dos copas América. El dato de su procedencia no es gratuito: el jugador que vistió la camiseta de Peñarol fue vejado en vida por su color de piel. Bajo la tutela estética del modernismo, esta oda, incluida en su libro Polirritmos (1922),  ha sido moneda corriente en los libros de texto escolares.

(…)
Y en el ronco oleaje negro que se quiere desbordar,
saltan pechos, vuelan brazos y hasta el fin
todos se hacen los coheteros
de una salva luminosa de sombreros
que se van hasta la luna a gritarle allá: ¡Gradín!, ¡Gradín!, ¡Gradín!

Antonio Cisneros firmó una crónica en la que confiesa altisonantemente haber llegado al mundo, “es decir, al gramado”, con la remera del Sporting Cristal puesta en El arte de envolver pescado (El Caballo Rojo, 1990). Abelardo Sánchez León hizo lo propio, en clave más sociológica que periodística, con un texto titulado “El legendario Alianza Lima” en el libro La balada del gol perdido (Peisa, 1998). El poeta Juan Urcariegui, que comparte el podio de la décima peruana junto a Nicomedes Santa Cruz, destiló su pasión íntima en Alianza, siempre Alianza (2002). Incluso Jorge Eduardo Eielson, imprevisible en estas lides, ubica, en “Sueño de Sancho” incluido en Reinos (Clepsidra, 1973), al mítico escudero del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha como espectador de un encuentro fantástico:

(…)
Sancho allí dormido, entre la noche y el día, exhala un largo, violento y rojo ronquido (…) A su estruendo salen los muertos aturdidos, como tras el diluvio lunas y planetas (…) O como a silbato del Juicio final en la cancha de fútbol. Juegan los muertos ante él con arcaica pelota. Sancho ruidoso, a un costado (…) se divierte mientras rueda lamiendo las fuentes doradas de asado (…)

Pero el caso más paradigmático (y valioso) es el poemario La gran jugada. Crónica deportiva que trata de Teófilo Cubillas y el Alianza Lima del recientemente fallecido Arturo Corcuera.

Corcuera, en una visita a la casa de Juan Ramón Jiménez, ubicada en Moguer, con el filósofo Frascisco Silvera. CÉSAR GIL/DIARIO 16

Inclasificable y acaso único, no tanto por su corte experimental, que opera en la correspondencia lúdica entre versos, imágenes y fotografías del club blanquiazul, caligramas, textos con motivos de cómic, versos de otros poetas y variopintas entregas de difícil localización en el género; sino por el tema que lo atraviesa: no el fútbol, sino el amor por él. Además es un libro que se inscribe dentro de la tradición de nuestra poesía social. A propósito, un fragmento de la letra del tema “A la Molina (no voy más)”, intervenida por Corcuera y que acompaña un retrato fotográfico de Lucha Reyes:

La comai Tomasa
y el compai Pascual
tuvieron treinta hijo
Qué barbaridá!
y fueron esclavos
sin su voluntá
por temor que el amo
los fuera azotá

Este es un rasgo presente en toda su obra, a veces de forma más manifiesta, como en El grito del hombre (1957), y en otras de forma sutil, evitando caer en el discurso panfletario, como en Noé delirante (1963), su libro más aclamado.

Tras el rostro de la Mosca-azul el árbitro Mosca-ojos-de-fuego
Mosca alas-de-vidrio Mosca-jeringa
Mosca-huesa Mosca blanquiñosa

Persiste en la plaquette también un ánimo democratizador. Versos casi siempre desprovistos de oscuridad o referencia intelectual, se aseguraron, así como los polirritmos de Del Riego, legiones de lectores en las aulas escolares.

Alguna crítica malintencionada acusa en aquello un signo de inferioridad (los versos de Luis Hernández son blanco de ataques similares), como si la apertura de su sensibilidad artística a públicos no iniciados necesariamente en la lectura de poesía constituyera una insuficiencia de talento. Poco antes de morir, Corcuera brindó una entrevista a un medio local por motivo del premio Feria Internacional del Libro, que recibió por su larga trayectoria. En ella el poeta, a modo de sentencia, dijo: “Cuando el niño se acaba, el poeta muere”.

De hincha tribunero, Corcuera pasó, con los años, a convertirse en “un espectador intermitente y televisivo”.  CÉSAR GIL/DIARIO 16

Loas hiperbólicas a figuras del cuadro blanquiazul, como la dedicada a César Cueto, el Poeta de la Zurda (“no es solo un enérgico balón tu disparo/es un aerolito/una metáfora ardiendo/comunicándonos tus ardores”), o al guardameta rival Jorge Garagate (golero guadalupano dotado para atrapar una estrella fugaz/una golondrina/o una mariposa”), dan cuenta del ingenio de Corcuera para la construcción de poderosas imágenes poéticas.

Resulta insólito, sin embargo, la celebración del máximo ídolo del clásico oponente al que le otorga alturas mesiánicas y del que lamenta el tramo final de su vida:

Lima tiene también horribles crepúsculos
sus piernas de gigante le impiden caminar
sin el bálsamo siquiera de recordar sus hazañas
Lolo irremediablemente en una silla de ruedas
conducido al Hades en un carro tirado por corceles de poderosas crines
¡Gloria a Lolo en las alturas!

La gran jugada de Corcuera muestra todo su carácter experimental en el uso de caligramas futbolísticos. REVISTA SUDOR

Arturo Corcuera fue un poeta de la llamada generación del 60, a la que también pertenecen Marco Martos, Antonio Cisneros, Mirko Lauer, Rodolfo Hinostroza, César Calvo, entre otros. El hecho histórico que los signa es la revolución cubana. El libro que los reúne y presenta es Los nuevos de Leonidas Cevallos, antología de la entonces nueva poesía peruana.

No obstante, como recuerda el poeta y editor Víctor Ruiz Velasco, un jovensísimo Corcuera fue incluido en Antología general de la poesía peruana, volumen que estuvo a cargo de Sebastián Salazar Bondy y Alejandro Romualdo, publicado en 1957. “Este hecho es importante porque Corcuera se convirtió en el primer escritor del 60 que publicó junto a los poetas del 50”, apunta. “Es decir, de alguna manera fue el pionero de la renovación que supuso la poesía de su generación”.

En sus memorias, Vida cantada, publicadas este año por la editorial La Mula, el vate confiesa que de joven empuñó los guantes de arquero (por única vez) en una cancha de Huaripampa, en Huaraz. Las proezas futbolísticas de sus hermanos mayores lo animaron. Pero la hazaña no fue hazaña alguna: esa tarde murió el jugador y nació el hincha.

Un joven Corcuera acompañado por sus colegas César Calvo y Antonio Cisneros, con quien compartía el gusto por el fútbol. ARCHIVO PERSONAL/LA MULA

“Me ilusionaba ser arquero, algo así como transformarme en tigre, pez y pájaro a la vez, hasta que un día decidí comprarme una camiseta deportiva, rodilleras y chimpunes, los más vistosos y caros. Quería ser guardavalla como mis hermanos Óscar y Carlos (…) La tarde de mi debut, cuando entré a la cancha, lo hice entre ruidosas manifestaciones de la muchachada del barrio, seducida quizás por mi amante vestimenta. Al término del partido salí, en cambio, entre silbatinas, risas y aderezadas burlas de los amigos. Mi desempeño en el arco, como ustedes sospecharán, fue una impecable catástrofe. Ese mismo día de mi debut colgué los chimpunes y di por concluida mi velocísima carrera futbolística”, escribió el poeta.

Convertido en hincha de Alianza Lima, a causa de “las diabluras de los ángeles negros del balompié peruano”, durante años fue un impenitente espectador de la popular sur, en el Estadio Nacional, contagiado por el hinchaje de su hermano Óscar, pintor y compositor, por cierto, de la mítica polca Arriba Alianza, que aún hasta el día de hoy se escucha a través de los parlantes del estadio de Matute.

Al margen de su fracaso como futbolista, Corcuera se preciaba de ser “un correcto aficionado, un hincha de la barra mansa”, aunque algo vehemente. “Era yo de los hinchas ya desaparecidos que, al finalizar el partido, se lanzaba al gramado para pedirles autógrafos a los jugadores”, relata. Por supuesto, al releer cada palabra, la escena se grafica poderosa: sí, un poeta que se metía a la cancha.

Con el tiempo se fue alejando de la concurrencia al estadio, convirtiéndose en “un espectador intermitente y televisivo”. Pero aquella juventud ligada a sus héroes de infancia lo llevaron a escribir un libro de poemas con la historia de Alianza Lima. Según consta en la edición de 1997 de La gran jugada, en 1974 se publicó originalmente un fragmento de este libro, año en que el autor empezó a escribirlo.

El 21 de agosto de 2017 será recordado como el adiós al poeta de la Generación del 60. GUILLERMO GUTIÉRREZ/LA MULA

“… aquellos amigos que me pifiaron a la salida de la cancha cuando fungí de arquero, se solazaron con ‘La gran jugada‘, libro que quizás entusiasma a unos y sorprende e irrita a otros, que tiene de oda y elegía, de drama y tragedia, de juego juvenil, de estrofas solares ornamentadas de caligramas, poema en el que se fusionan el lenguaje del Siglo de Oro y el habla popular y deportiva; obra crítica que interpola ecos de otras voces convocadas para cantar a los íntimos de la Victoria; en ella subyace la oralidad negra a lo largo de sus páginas, evoca los años de la esclavitud y reflexiona con tono manriquiano sobre la fugacidad de la fama y lo efímero de la vida; libro lúdico que constituye —en suma— un canto a la libertad y a la vida misma (“¡la pelota zumba y vuela!”), y que es en el fondo un recobrado álbum de mis recuerdos futbolísticos que perdí. Ninguna gloria queda brillando sobre la hierba”.

Todavía pueden encontrarse ejemplares de La gran jugada en la librería Sur de Miraflores. Según indica la última página del poemario, se terminó de imprimir el domingo 9 de noviembre de 1997, fecha en que campeonó Alianza Lima después de 18 largos años sin lograr el título nacional.

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