Pasolini, un creyente de la revolución del deporte

Nunca tan actuales las reflexiones de Pier Paolo Pasolini (1922-1975) sobre la aparente “contradicción del deporte” como espectáculo de masas y práctica cotidiana. Uno de los referentes del neorrealismo italiano en el cine –y prolífico intelectual– ya a mediados de los años sesenta se planteaba esta inquietud, como otras relacionadas al culto al cuerpo y la irrealidad producida por los medios. Pero, en lugar de tildarlo de “opio del pueblo”, Pasolini deja constancia, en los escritos recogidos en Sobre el deporte (Contra, 2015), que se puede pensar en un deporte revolucionario que rompa con las lógicas hegemónicas actuales.

Las verdades que importan son las que mantienen una estrecha relación con la persona que las enuncia. Verdades en primera persona. Son estas, al menos, las que nos interpelan a todos, las que cruzan nuestras existencias, las que determinarán el curso de nuestras sociedades. No serán las verdades científicas, sino esas, las verdades en primera persona, las que aportarán los caminos, las iluminaciones, los cambios corporales y psicológicos que nos salvarán de o nos condenarán a nuevos cataclismos sociales. Verdades en primera persona: como las que Pier Paolo Pasolini comparte en los textos reunidos en el libro Sobre el deporte (Contra, 2015).

En «Deporte y cancioncillas», uno de los texto, Pasolini escribe: «Yo, de hecho, vivo la contradicción del deporte». Entender esa contradicción me ha servido (y creo que no seré el único) para poner en palabras una incomodidad profunda frente al deporte como espectáculo, nacional, mundial. Como Pasolini, seguí durante años y con gran interés la retransmisión de los partidos de básquet, fútbol y tenis, hasta que la naturaleza del deporte como espectáculo hizo estallar en mí un rechazo. Empecé entonces a experimentar esa contradicción que también vivió PPP y tantos otros (como describe Montalbán, a su manera [1]). Como Pasolini en los textos aquí reunidos, me propongo en lo que sigue ahondar en esa contradicción.

«El deporte se compone de dos hechos completamente distintos, que no tienen nada que ver el uno con el otro: el deporte que se practica y el deporte que uno ve. Esto segundo no es deporte, sino un espectáculo», afirma Pasolini en el texto titulado «Arpino, Benvenuti y el deporte». Formulada en tales términos, esta distinción me parece fundamental y, al mismo tiempo, insuficiente. Diría, más bien, que sí existe una relación entre el deporte que se practica y el deporte que uno ve, y que tal relación es actualmente tanto más compleja que a finales de los años 60, época en la que PPP escribió ese texto.

Empecemos por el deporte «que se practica»:

En el Trullo, el sol, como hace diez años.
«¡Eh, tú, Paolo, vente con nosotros a dar unas patadas!»
(…) Y, en el corazón del suburbio, un partido de fútbol.

Son versos del mismo Pasolini, escritos el 6 de marzo de 1963 por la noche y recogidos en el compendio Poesía en forma de rosa. Dicha con tal fuerza poética, la práctica del deporte resulta revolucionaria. El sol, iluminando una explanada en las afueras de la terrible tiniebla de una ciudad pequeñoburguesa, abre un espacio de vitalidad, un canto corporal, un grito a la vida en compañía que se aleja del individualismo mortecino del pequeñoburgués. El milagro de un encuentro, la belleza de los cuerpos, chavales del barrio, amigos, equipos como solares comunidades creadas en la libertad (schilleriana) del juego.

Pasolini tenía una relación muy estrecha con el fútbol. Lo practicaba desde muy niño en los suburbios italianos. VITTORIANO RASTELLI/CORBIS/GETTY IMAGES .

En Pasolini, a veces me sorprenden visiones, imágenes, posiciones demasiado dicotómicas. Se ven en sus películas, se leen en sus textos ensayísticos, también en sus poesías: sol y tinieblas, ciudad y suburbios, lumpemproletariado y pequeñoburgués, unas luciérnagas que brillan y otras que ya nunca brillarán. Los versos que citábamos en el fragmento anterior se encuentran en un poema que termina así:

¿Quién ha dicho que el Trullo es un suburbio abandonado?
Los gritos del tranquilo partido, la muda primavera,
¿No es acaso la verdadera Italia, al margen de las tinieblas?

Pero ¿hay una «verdadera» Italia? Ante el cambio «antropológico» que Pasolini experimentó y constató en la sociedad italiana de posguerra, entiendo la necesidad que él sentía de establecer claramente una oposición, de señalar un lucha entre sol y tinieblas, ciudad y suburbios, una Italia verdadera y otra falsa, etc. Algunos de los textos recogidos en Sobre el deporte se basan en esas distinciones [2]. Pero la dicotomía, a pesar de ser necesaria y figurada de manera genial en el caso de Pasolini, simplifica la complejidad de las realidades. Debe deconstruirse. Y es quizá esto mismo lo que debe realizarse con el «deporte que se practica», idealmente separado por PPP del «deporte que uno ve», el deporte-espectáculo. Claudio Sabattini apunta en la entrevista que cierra el libro y que se publicó días después de su asesinato: «El martes pasado [Pasolini] tendría que haber jugado en Palermo contra otros actores, para saborear ese gusto de la libertad “que solo un partido entre amigos” sabía hacerle sentir, porque solo así el deporte salía de los bienes de consumo».

Problematizando la dicotomía pasoliniana que aquí nos interesa, ya he señalado que el deporte que se practica sí que mantiene una relación (compleja) con el deporte que uno ve. Y ello porque la práctica del deporte amateur no constituye una actividad ajena a «los bienes de consumo». Diría, más bien, que el deporte que se practica y el deporte que uno ve (el deporte-espectáculo) se retroalimentan de formas diferentes y sintomáticas. Por ejemplo, ¿por qué algunos deportistas amateurs llevan las camisetas de ciertos jugadores célebres cuando practican algún deporte entre amigos? ¿Acaso no compramos mayoritariamente productos deportivos (un balón, unas bambas, una sudadera, una raqueta, etc.) en función del jugador o equipo que representa a la marca en cuestión? En la práctica del deporte, se produce sin duda una circulación de afectos, de sueños, de ilusiones incorporadas que remiten al deporte-espectáculo. De modo que toda práctica amateur puede ser, idealmente, como un partido al sol en la explanada de un suburbio —donde el deporte manifiesta el alegre goce de los cuerpos y la libertad—, pero esa misma práctica también puede (y suele) estar efectivamente atravesada hoy en día por imágenes mediáticas que alteran su sentido y determinan esa circulación de afectos en juego.

Además de atravesada por la idolatría mediática, la práctica deportiva amateur se erige en la actualidad no tanto como una búsqueda de salud corporal, sino como un síntoma más de las enfermedades sociales. Me ensombrezco al pensar lo que Pasolini, y cada uno de nosotros con él, hubiera pensado ante una reciente campaña publicitaria de captación de socios por parte de una exitosa cadena de gimnasios. En carteles desplegables, de grandes dimensiones, una cara sonriente, un cuerpo normativo, nos propone el siguiente «compromiso»: «Si quieres cuidarte, amarte y respetarte desde hoy y para todos los días de tu vida, este es tu momento. Este es tu club». A lo que tal rostro, tal cuerpo, hombre y mujer, asume el compromiso respondiendo por nosotros: «Sí, quiero».

Hincha de Bologna, confesó la contradicción de ser crítico y acólito al mismo tiempo del deporte-espectáculo. ARCHIVO

Las dos palabras mágicas que significan la unión amorosa entre dos personas, no solo en una ceremonia religiosa, se utilizan aquí para comprometerse en el cuidado del propio cuerpo. Amor propio: yo me amo, tú te amas, ámate para siempre. Pero una cosa es cuidarse y otra «casarse» con el propio cuerpo. Porque la práctica del deporte se ha convertido precisamente en esa otra práctica: en los gimnasios de paredes revestidas con espejos, el culto al cuerpo no hace sino culminar el hedonismo de nuestra época que despliega la siguiente lógica: más guapo me veo, más me quiero, más confianza en mí mismo, más poder en las relaciones sociales, mayores beneficios; en los deportes supuestamente colectivos, a sus diferentes niveles, se privilegia mediáticamente el triunfo, la competición, la superación de marcas, de goles, de tiempos entre dos ídolos (Messi vs. Ronaldo). El deporte ya no es ocio, libertad, juego, a ningún nivel, sino superación, competitividad, productividad del individuo al 200%. Del compromiso de amor, incluso del compromiso político, al compromiso autocorporal. ¡Tú puedes! Crea tu propia marca, crea tu propia empresa, aumenta tu «capital corporal». Sí, quiero. No, no quiero.

Los textos de este libro también me han permitido entender lo que ha cambiado en los cuerpos, en la relación de los cuerpos con el deporte tal y como se practica hoy en día, a todos los niveles, de la práctica amateur a, muy especialmente, el espectáculo profesional. El texto titulado «Las victorias de Merckx son escándalos» nos puede dar algunas pistas sobre esa posmodernidad corporal. Pasolini apunta ahí, en efecto, ciertas reflexiones que podrían aplicarse tanto a los cuerpos de todos aquellos y aquellas que practicamos algún deporte, como también, sobre todo y de manera evidente, a los cuerpos de deportistas profesionales actuales. En ese texto, PPP escribe: «… intuí lo que ha cambiado y lo que no ha cambiado en el “cuerpo” de un atleta desde los últimos veinte o veinticinco años: se ha radicalizado el conflicto entre realidad e irrealidad. La realidad es existencia, con su belleza y su fealdad (en los corredores ciclistas —obreros, campesinos— prevalece la belleza, la inocencia y, si se da conciencia de clase como en el caso de Taccone, esta no contiene estúpida agresividad): lo irreal es la cultura burguesa de masa, con sus “media”».

Esa radicalización del conflicto entre realidad e irrealidad se ha extremado actualmente. En su texto titulado «Reportaje sobre el Dios», Pasolini ficciona ese proceso de irrealización de un humilde joven que se convierte, de golpe y por los media, en un ídolo futbolístico. El relato es fascinante, alguien debería convertirlo en una novela o adaptarlo al cine. En nuestros días, el origen humilde de CR7, por poner un ejemplo paradigmático, se ha transformado progresivamente en su cuerpo: el peinado y las perfiladas cejas, la sonrisa profident, sus lucidas abdominales son la manifestación corporal del proceso de «irrealización» que los medios llevan a cabo en el deporte. CR7 se ejercita optimizando cada uno de sus músculos para correr más y más rápidamente, para rematar con mayor fuerza, para conseguir más goles que se transforman en más imágenes, en más publicidad, en más dinero [3]. Más es más, CR7 ya no es un nombre, sino una marca. La irrealidad producida por el sistema de imágenes y palabras de los medios de comunicación deportivos espectraliza progresivamente su cuerpo, irrealiza su existencia, proponiéndose precisamente eso: la eliminación científico-tecnológica de la fealdad en favor de un estereotipo de belleza triunfal, que llena portadas y el sueño (condición espectral de lo onírico) de muchos aficionados: «Me silban en los campos porque soy guapo, rico y un gran futbolista, y me tienen envidia», afirmó el actual Balón de Oro, transformando esa irrealidad de su cuerpo en palabras [4].

El culto al cuerpo y la mercantilización del deporte, descritas por Pasolini hace 40 años, son personalizados por dos de las figuras del fútbol mundial. JAVIER SORIANO/GETTY IMAGES.

A partir de la anterior reflexión de Pasolini, sospecho que el proceso de irrealización de los cuerpos deportistas está íntimamente relacionado con la desmaterialización de la economía, con el actual dominio de los algoritmos en la nueva economía determinada por la producción ya no de mercancías, sino de dinero a partir de dinero: las finanzas. La irrealidad de los cuerpos de los deportistas es entonces proporcional, a través de la fuerza de las imágenes mediáticas, a la desmaterialización de la economía. El intervalo temporal coincide [5].

La expresión que he utilizado anteriormente, «capital corporal», no es entonces una invención efectista, sino la constatación de que el deporte se ha convertido efectivamente en un analogon de los procesos económicos que hemos vivido en las últimas décadas: un capital que hay que rentabilizar. La lógica del rendimiento y del beneficio ha financiarizado efectivamente la relación que mantenemos con nuestro cuerpo, desmaterializándola. Existe una connivencia extendida y alarmante entre los deportes de élite y los productos financieros ofrecidos por los bancos. ¿Qué significa, pues, ser hoy competitivo, obtener un gran rendimiento? Nada lo explica mejor que la reciente campaña de un poderoso banco español para publicitar «la cuenta superrendimiento». Este nuevo producto financiero, para depósitos entre 3.000 y 100.000 euros, ofrece un 1,76% TAE (Tasa Anual Equivalente) sin comisiones, y desde el primer día. La polémica en torno a esta cuenta se ha centrado en su implantación exclusiva en Cataluña —y debería en este sentido estudiarse las decisiones de tal territorialización—, pero lo que me interesa aquí es señalar una cuestión que, como sucede normalmente, resulta tanto más importante por situarse en ese nivel ideológico e inconsciente que, como siempre, suele ignorarse: la cuenta superrendimiento se publicita a través de deportistas de élite, como la gran nadadora Mireia Belmonte. En efecto, junto a una imponente fotografía de la nadadora con gorro, gafas y bañador de competición (marca «Speedo»), se indica su nombre, su condición de «medallista olímpica», y se interpela al eventual cliente a través de la polisemia de la palabra clave: como Mireia Belmonte, el cliente que contrate esa cuenta para depositar su dinero e introducirlo así en el mercado financiero será, literalmente, «de los que siempre consiguen un gran rendimiento». Como la flamante campeona Mireia Belmonte. Rendimiento de capital, pecuniario o corporal, siempre al máximo nivel. El deporte ya es, en definitiva, todo un producto financiero.

Insistamos en el deporte-espectáculo.

Lo que el Pasolini teórico de la imagen habría dicho sobre el deporte actual, sobre su retransmisión por los medios, es también lo que tendríamos que pensar aquí. Con él, sin él, tal es nuestra tarea de «luciérnagas» [6]. Para ello, hay que analizar al menos dos recientes estrategias visuales en las retransmisiones deportivas que han beneficiado ese proceso de «irrealización» de los cuerpos y que han consolidado la naturaleza actual del deporte —tanto de su práctica como también, sobre todo, del deporte-espectáculo— como algo trascendente. Según afirma PPP en una entrevista, en el último de los textos de Sobre el deporte: «El deporte se ha convertido en la religión de nuestro tiempo».

Esas dos estrategias que operan en la retransmisión de eventos deportivos vienen posibilitadas por el desarrollo tecnológico de las cámaras: la digitalización de la imagen y su alta definición. Podríamos decir —para seguir con la trascendencia religiosa— que la potencia de zoom y la cámara lenta en las retransmisiones deportivas las carga el diablo. Rememoremos una reciente retransmisión deportiva: una vez pasado el momento clave en directo (un ace en tenis, un regate en fútbol, un mate en básquet, un nocaut en boxeo, la llegada a la meta de un esprínter en ciclismo, etc.), las potentes cámaras nos permiten repetir el instante exacto de ese acto espacio-temporal, aumentándolo milimétricamente y ofreciéndonoslo a cámara súperlenta en altísima definición. Así, un ace se transforma en un inigualable ejercicio de coordinación y potencia, un regate se convierte en un divino quiebre, un mate se vuelve glorioso, un nocaut recuerda una victoria épica y toda llegada a meta resulta, a nuestros ojos perplejos, heroica. El zoom y la cámara lenta de alta definición convierten las repeticiones en momentos divinizantes del deporte: las gotas de sudor, las briznas del césped, los músculos activados en un salto, en un golpe, en un esprint final, todo se fenomenaliza detalladamente en otra dimensión que ya no es espacio-temporal. De esta manera, el zoom y la cámara lenta destemporalizan y desespacializan esos momentos, esos gestos, ese saque, regate, mate, etc., elevándolos directamente a una dimensión idolátrica, trascendente.

A la potencia del zoom y de la cámara lenta, deberíamos añadir otros fenómenos visuales propios de las actuales retransmisiones deportivas [7]. La proliferación de cámaras en los terrenos de juego, por ejemplo, multiplica las perspectivas, construyendo los momentos importantes de manera aún más compleja, valorizándolos como objetos de estudio minucioso. El sentido de esa proliferación de cámaras puede, empero, llevarse mucho más allá. En un artículo reciente [8], Violeta Kovacsics reflexionaba sobre las posibilidades que ofrecía Mediaset en la retransmisión del Mundial de fútbol celebrado en Brasil en 2014. La cadena publicitaba su nueva oferta afirmando: «además de la señal de televisión de Telecinco o Cuatro, según el partido, podrás disfrutar de otras cinco señales complementarias para no perderte ningún detalle de los partidos». Existía, pues, la opción de visionar el partido de un modo experimental: algunas de las cámaras no se encargaban de retransmitir lo que acontecía en torno al balón, sino de realizar un seguimiento exhaustivo de ciertos jugadores. Se creaba, nos comenta Kovacsics, otra narrativa deportiva en la que el espectador no está obligado a seguir el balón exclusivamente, sino que puede escoger desde su pantalla otros momentos, otras perspectivas, montando así su propio partido, con otros tempos. Podíamos ver, por ejemplo, a tal portero, ocioso, durante un tiempo inusualmente largo mientras la acción en torno al balón se desarrollaba en el campo contrario.

El deporte como práctica y el deporte-espectáculo se complementan en una relación más compleja que a finales de los años 60, época en la que PPP escribió sus reflexiones. LLUIS GENE/ GETTY IMAGES

Lo que me interesa subrayar aquí es que, creando otra posible narrativa del partido, se abre una libertad de montaje, se juegan otros partidos y se suspende tanto el relato unilineal como la lógica de la «emoción» que gobiernan el deporte-espectáculo y determinan una circulación gregaria e identitaria de afectos. Añadamos, brevemente, que popularizar este tipo de retransmisión experimental implicaría ciertamente una sociedad demasiado centrada en detalles del deporte-espectáculo, pero también podría llegar a subvertir su naturaleza y a emancipar al espectador, puesto que se lograría liberar el sentido de tal partido, del deporte en general. La pregunta tópica «¿Viste el partido?» presupone actualmente un sentido, un afecto, una narrativa única que pueden suscitar diferencias, pero que pertenecen al fin y al cabo a un mismo campo de posibles. Con un visionado experimental, en cambio, esa pregunta vendría sustituida por otras que harían explotar sus sentidos, afectos, narrativas: ¿qué viste del partido? ¿Desde dónde? O incluso, ¿qué partido creaste? Quizá así no se privilegiaría exclusivamente la cuenta de «resultados».

A otro nivel, también debería entenderse mejor la importancia de los videojuegos deportivos, que nos permiten sentirnos parte integrante y dominante de ese mundo sobrehumano del deporte de élite. Por unos momentos, yo «soy» Messi. Cada vez más perfeccionado, el videojuego deportivo (especialmente los de fútbol) ha conseguido un grado de verosimilitud impresionante por cuanto se refiere a la representación de la anatomía de los jugadores, y un grado de experienciabilidad intensísima por cuanto se refiere a la vivencia del partido. El videojuego —en la cada vez más precisa construcción de tu propio equipo, con sus inevitables finanzas y la consecuente selección de uniformes, estadios y ligas que pueden disputarse— no solo imita la realidad, sino que también provoca un contraefecto. El videojuego añade, efectivamente, toda una retórica de heroísmo y divinización desde la ficción que acaba influyendo en la constitución del sentido de la realidad deportiva. Ficción y realidad se relacionan así de un modo particular en el deporte tal y como lo practicamos, vemos y vivimos actualmente.

¿Cómo pensar entonces otra manera de practicar y de ver deporte? ¿Cómo configurar un deporte que avive la conciencia crítica de la sociedad en vez de amuermarla? ¿Cómo pensar un deporte revolucionario? Pasolini vive la contradicción del deporte, como apasionado espectador, como «tifoso», y también como crítico: «Que el deporte (lo “circense”) es el “opio del pueblo”, esto ya se sabe», afirma en la entrevista que cierra este compendio. Pero PPP no se limita a ese tópico, porque sabe que hay un potencial revolucionario en el deporte. Por ello, el mismo Pasolini se muestra reticente ante las afirmaciones de Herrera cuando este sentencia: «El fútbol —y en general el deporte— sirve para distraer a los jóvenes de actitudes contestatarias. Sirve para tener tranquilos a los trabajadores. Sirve para no hacer la revolución. Como hace Franco en España con las corridas de toros». ¿Podemos entonces concebir, más allá de estos tópicos sobre el deporte y la contestación social, un deporte revolucionario?

El derecho al deporte

El periodista Jacobo Rivero —autor de varios libros de reflexión sobre ética y deporte— reclama, datos en mano, una mayor atención a las infraestructuras y las instalaciones deportivas para la práctica amateur [9]. La voz de Pasolini no se ha quedado sola, pues, cuando insiste en la importancia de hacer que el deporte sea accesible a todos y todas, para no convertirlo únicamente en el privilegio de unos pocos: «Lo único que debemos hacer es equipar al país deportivamente para que el deporte practicado, que es algo estupendo, pueda ser practicado por todos» [10].

La circulación de afectos en nuestra práctica deportiva amateur está actualmente, como apuntábamos más arriba, completamente mediatizada, víctima de la práctica de élite. Ahora bien, si se fortaleciera el deporte amateur estrictamente como juego y libertad, se contrarrestaría progresivamente el efecto idolátrico de las retransmisiones deportivas, se atenuaría al mismo tiempo la concentración de los informativos en banalidades deportivas —cuando no extradeportivas (la «tristeza» de CR7, las historias de faldas, etc.)— o en declaraciones intrascendentes, ciertamente opiáceas, de tal jugador, entrenador, etc. Reducir el tiempo y el espacio del deporte-espectáculo en los medios equivaldría, asimismo, a regular sus beneficios económicos y a limitar su carácter hoy esencial de negocio [11].

Una de las propuestas de Pasolini para pensar en un deporte revolucionario es que «sea practicado por todos». ARCHIVO

Utilizando un término hoy en boga, podría decirse que hay una casta deportiva tal y como hay una casta política. Cuando no son una y la misma. Asumir lo que podríamos llamar el «derecho al deporte» como una estricta declinación del derecho a la libertad y al goce alteraría, en definitiva, muchas de las lógicas hegemónicas actuales… ¿capitalismo deportivo vs. democracia deportiva?

Más allá de mis colores

Por su parte, el deporte profesional podría revolucionar códigos políticos y sociales si se viviera, simplemente, como el lugar donde la explosión de vitalidad y la libertad del juego se llevan a su grado máximo; si supiéramos alegrarnos de todos los aces, regates, mates, nocauts, esprints que muestran esa vitalidad, esas proezas de técnica y concentración, independientemente del jugador o del equipo que las realice, más allá de mis colores; si supiéramos, como dice PPP en el texto titulado «La cara de Merckx», disfrutar de los «triunfos» de deportistas, equipos y selecciones al margen del país que representan: «Somos consumidores de coches, de películas, de libros “extranjeros” (¡qué palabra tan cretina!), ¿por qué no podemos entonces ser consumidores de triunfos ciclísticos extran-jeros?».

Es sano sentir y compartir cierta incomodidad frente al deporte practicado y frente al deporte-espectáculo, aunque a veces resulta difícil ponerla en palabras que no sean los manidos tópicos: por una parte, ilusiones mediatizadas, hedonismo, desplazamiento de deseos, sublimación y, por otra, negocio de cifras ilegítimas, homofobia, idolatría, etc. Los textos de Pasolini ahondan literaria y conceptualmente en esas cuestiones ya conocidas, y también abren otros caminos para desarrollar una conciencia crítica del deporte sin dejar de verlo, sin dejar de practicarlo.

Deporte y revolución no son, por tanto, antónimos tan claros como suele pensarse. La práctica del deporte amateur y el deporte-espectáculo son actividades sociales tan populares que pequeños cambios en esos ámbitos tendrían grandes consecuencias. Es solo cuestión de ejercitar el músculo de la crítica, a la manera de Pasolini. Deporte y revolución tienen un largo porvenir. ♦

Notas:

[1] M. Vázquez Montalbán, «Los intelectuales ante el deporte», prólogo a Luis Dávila, Política y Deporte, ed. Andorra, Barcelona, 1972 (Luis Dávila es uno de los pseudónimos del mismo Montalbán). Describiendo de otra manera esa contradicción pasoliniana, apunta: «Ante el deporte de masas, el intelectual ha hecho perfectamente manifestando sus reservas, pero fatalmente la negación del contenido le ha conducido a la negación del continente».

[2] En un fragmento de su diario, escrito en esa época: «Me he dado cuenta de hasta qué punto los jóvenes del pueblo son superiores a los de la burguesía. Es una superioridad esencial, absoluta, que no admite reserva alguna —como la belleza de un paisaje o la frescura de una fruta—».

[3] Señalemos la presencia de las marcas en los uniformes de los jugadores (que se convierten así en «hombres anuncio» muy bien pagados, siendo la Fórmula 1 el deporte más excesivo en este sentido) como muestra de cierta transformación de sus cuerpos en «pantallas» y, por tanto, en cuerpos-imagen; también nos limitaremos aquí a recordar la presencia masiva en los estadios, campos, pistas, etc., de la publicidad: en un partido de tenis, llegué a contabilizar, desde mi ángulo de visión, diecisiete marcas. El espacio del deporte es un espacio publicitario, apantallado, espacio-imagen.

[4] Declaraciones recogidas el 14 de septiembre de 2011, tras la victoria del Real Madrid ante el Dinamo de Zagreb en la fase de grupos de la Champions League.

[5] Resulta imprescindible sumergirse en la historia del deporte en su relación con la economía, constatando cómo la naturaleza y la práctica deportiva se amoldan a los sistemas económicos imperantes. A lo que decimos aquí sobre los últimos treinta años —pongamos desde los 80—, se añadiría lo que apunta el mismo Montalbán en el prólogo ya citado respecto a una época anterior: «La burguesía ordena la conducta social bajo las reglas de la libre competencia, en la práctica se impone el más fuerte, y sospechosamente, cuando está iniciándose la era del capitalismo monopolista, del imperialismo, es cuando la sociedad burguesa inicia el fomento del deporte de masas con una doble participación: la realización de un deporte o la contemplación del deporte como espectáculo-juego».

[6] Sobre las luciérnagas, metaforizadas como elementos críticos, véase PPP, «Il vuoto del potere (l’articolo delle lucciole)», en el Corriere della Sera, 1 de febrero de 1975.

[7] Me limito aquí a las estrategias visuales de las retransmisiones deportivas, dejando para otra ocasión el análisis de fenómenos auditivos (piénsese en el tono épico del himno de la Champions League, así como la pegadiza euforia de los locutores cuando «cantan» un gol).

[8]  Publicado en el suplemento de análisis cultural «Encuentros», del Diari de Tarragona, julio de 2014, pág. 5. Disponible en la hemeroteca: http:// www.diaridetarragona.com/uploads/6553d2acb663826.pdf

[9] Véase Del juego al estadio: Reflexiones sobre ética y deporte, con Claudio Tamburrini, ed. Clave intelectual, Madrid, 2014; un interesante artículo disponible en La Circular: http://lacircular.info/el-deporte-no-es-solo-lo-que-parece/

[10] En «Arpino, Benvenuti y el deporte».

[11] El texto incluido en esta antología de la entrevista al ciclista soviético Viktor Kapitonov, titulado «Traicionó los patines por la bicicleta», no está quizá lejos de ofrecernos algunas pistas sobre esta otra práctica profesional del deporte que no idolatriza a los deportistas ni se mueve en negocios de cifras astronómicamente ilegítimas. Se requeriría volver a reflexionar hoy sobre los errores y los aciertos del deporte bajo el comunismo.

*El presente texto se publicó como postfacio del libro Sobre el deporte Pier Paolo Pasolini (Contra, 2015).

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