El Hombrecito y los proletarios rosados

Su cabeza, reluciente como una esfera, esperará la guillotina si el 5 de octubre no derrota a Perú en La Bombonera, ni clasifica a Rusia 2018. Jorge Sampaoli, antorcha del ‘Bielsismo’, no obstante, es bien considerado por el que podría ser su país verdugo, donde dirigió cuando era un donnadie. Nostalgia literaria de un incomprendido hincha rosado que recuerda la mejor campaña del Sport Boys de los últimos tiempos.

2 de marzo

A los tres minutos de comenzar nuestra participación en el Torneo Apertura 2003, ya perdíamos por 1-0. Fue tan tempranero el gol de José Valdez que se dice que se lo perdió al menos una tercera parte de los casi cinco mil hinchas que asistieron al estadio José Picasso Peratta esa ardiente tarde de marzo. Yo también me lo perdí.

Verónica y yo habíamos quedado en pasear por las librerías de Miraflores a las once de la mañana, pues ella necesitaba una traducción de La risa de la medusa, de Hélène Cixous (Anthropos, 1995) para su seminario sobre literatura feminista. Llegué a la hora señalada, compramos un helado y buscamos el librito aquel en un trío de librerías. Pero nada. “No lo tenemos, señorita”. Hacia las doce y media, inventé una excusa barata aunque verosímil para irme. Tenía tiempo suficiente para tomar el primer taxi que pasara por allí, decirle al chofer que pusiera quinta y llegar a casa para ver a mi equipo, el Sport Boys, enfrentarse al Estudiantes de Medicina. El taxista, no obstante, se quedó atracado en un semáforo que pudo haber evitado si hubiese metido a fondo el acelerador, y así me perdí las primeras jugadas del partido.

Nuestro rival amplió su ventaja gracias a un tanto de Roberto Dolorier al octavo minuto del primer tiempo. Dos a cero, y aún quedaban ochenta y pico minutos por jugar. Carajo, para esto, me hubiera quedado paseando con Verónica, embobado con sus rizos dorados, sus dientes de mármol y sus pecas nasales. Por la televisión, se notaba que el calor iqueño era sofocante pero eso no era lo que más le incomodaba a nuestro maestro y guía. El argentino Jorge Sampaoli extendía los brazos hacia el suelo mientras vociferaba con arrebato.

—Aaaaaaaaaaargh!

¿Se repetían los malos presagios de su debut como director técnico profesional? En 2002, meses antes de firmar por el Boys, Sampaoli había sido contratado por el Juan Aurich de Chiclayo. Un desconocido que nunca en su parrillera vida había dirigido un equipo de primera división. No importaba. Él tenía confianza en sus ideas revolucionarias y su fútbol ofensivo: un 4-4-2 muy flexible que en ataque podía volverse un 3-5-2 o un 3-4-3 si era necesario. No obstante, su visión era tan revolucionaria para un fútbol tan cavernícola como el peruano que sus jugadores nunca la terminaron de comprender. (Aquí jugamos desde hace siglos con una especie de 4-2-3-1: dos tuercebotas en el medio campo, tres roedores acrobáticos en la creación y un único punta, generalmente grandulón, a quien se le mete balonazos al área para ver qué hace).

Su primer partido al frente del Aurich lo perdió 2-1 pese a tener un gol de ventaja hasta el minuto ochenta y ocho. Dirigió solo siete veces más en el norte del Perú, de las cuales cuatro fueron derrotas, dos empates y una solitaria victoria. A los tres meses de su llegada como técnico, Jorge Sampaoli, ese hombrecito que vestía lentes redondos de montura desangelada y una camiseta ploma dos tallas más grandes de lo necesario, tuvo que poner su cargo a disposición pues el presidente del equipo chiclayano abandonó su puesto.

—Espantosa, una experiencia espantosa— rememoró seguramente en el momento en que Sergio Ibarra, exgoleador rosado en las campañas del ’98 y ‘99, consiguió el tercer tanto de Estudiantes a los trece minutos de la primera mitad.

El arquero Johnny Vegas no quería ni mirar el balón que dormitaba en la esquina izquierda del interior de su portería. Alfredo Carmona, como capitán del equipo, trataba de apaciguar los ánimos de José Chacón y Norberto Araujo, los defensas centrales que se recriminaban la falta de comunicación entre sí. Con los brazos a la cintura y mirando al cielo, el argentino Cristian Jeandet se preguntaba dónde mierda se había metido. Su compatriota, el volante Guillermo Fórmica, animaba a sus compañeros con inseguros aplausos.

Frente al televisor, me pasaría de pie el resto del partido gritando, instruyendo, mandando a nuestros muchachos al ataque pese al abultado marcador en contra. Aunque Formica y Jeandet pusieron contra las cuerdas a Estudiantes en la segunda mitad, nuestra reacción llegó muy tarde. Perdimos 3-2, Verónica volvió a casa con sus antipatriarcales manos vacías y yo me había gastado veinte soles en un taxi por las puras.

27 de abril

¿Por qué todos los partidos que quiero ver tienen que coincidir con alguna actividad planeada por Verónica?

Hace mes y medio, el Boys remontó un 0-2 contra el Sporting Cristal en los últimos veinte minutos del partido (goles del ‘Gringo’ Jeandet, un espectacular zapatazo de Jair Yglesias y un penal de Johnny). Mientras tanto, yo me rascaba la cabeza y Verónica se acurrucaba sobre mi hombro derecho: en el Teatro Británico, una obra neoabsurdista-postmoderna-pseudovanguardista que criticaba el sistema falo-logocéntrico postindustrial en que vivimos. ¡Un sábado por la noche! A veces creo que la ‘Pecosa’ y yo pertenecemos a mundos diferentes. Si me viera en el estadio, insultando al árbitro que pita offsides inexistentes, al defensa que acaba de cometer una falta estúpida, al delantero que ha fallado un gol solo frente al arquero rival, terminaría conmigo sin dudarlo. Yo le aguanto sus rollos filosóficos, sus exposiciones de arte feministas y sus performances en contra del capitalismo tardío. Pero no sé cuán sostenible pueda ser la relación si sus besos revolucionarios me siguen quitando el fútbol.

ARCHIVO EL COMERCIO

—Hijo, no sabes lo que te perdiste. ¡Cinco goles! Destrozamos al Unión Huaral. Mira que hasta Corcuerita se metió un gol. Con Sampaoli no paramos hasta el título —dijo mi papá esa noche, con la sonrisa más grande que le haya visto en muchos años.

Yo: Cineclub de la Alianza Francesa. Una maratón de cortos y “happenings” sesenteros que comienza con “Melodrama sacramental”, de Alejandro Jodorowski.

Todo dicho.

7 de junio

Apenas unos cien hinchas nuestros celebraron el gol de Johnny (un remate iracundo desde el punto del penal, su especialidad). Minuto 85 y perdíamos por 3-2.

Ocho minutos antes, algunos hinchas de la Tribuna Sur habían empezado a abandonar el Estado Nacional: con un disparo seco de pierna izquierda, Jorge Artigas había marcado el tercer gol para Universitario. El uruguayo se sacaba la camiseta y, enloquecido, lo celebraba con los fanáticos de la Trinchera Norte, quienes se deslizaban hacia el jugador desde lo alto de la tribuna como una montaña que sucumbe ante un cataclismo. Empatar en trece minutos con una desventaja de dos goles parecía una quimera; ganar el partido, un sueño de la sinrazón.

No obstante, tras el penal, nuestro equipo se encontraba ya a solo un gol de nivelar las cosas. Como Sampaoli estaba suspendido, daba instrucciones a su asistente con su celular desde un pasillo que conectaba el campo con la Tribuna Occidente. Me lo imagino escribiendo: “Che, subí a Chacón de delantero centro”, cuando llegó el tercer gol. Un fanático, el “Hombrecito”. El Boys le debe dos meses de sueldo. De pura compasión, los bomberos le han ofrecido alojamiento gratuito en un cuartel de la calle Teatro. Las canchas para entrenar, cuando las hay, son paupérrimas. Los jugadores tienen que traer un polo blanco y un polo negro a las prácticas porque los dirigentes no les dan ni chalecos… Cualquiera hubiera renunciado hace rato. Pero él sigue allí, fiel a su idea. Un fanático.

Minuto 89. Piero Alva saca un lateral hacia el rincón del área grande. La jugada ya nos la conocíamos de memoria: un centrocampista debía dominar la pelota antes de que saliera de la cancha para ponerla en la zona entre el arquero contrario y la línea del área chica. Jeandet debía incrustarse entre los dos defensas centrales y empujar el balón “al fondo de las mallas”. El ‘Gringo’ había tenido un partido horrible ese día.

“Este huevón tiene dos patas izquierdas hoy”, decía a mi papá cada vez que tocaba la pelotita. No es de extrañar que el gol lo volviera loco: con la camiseta en la mano derecha, corrió por detrás del arco, los brazos abiertos como un Cristo y la melena zamaqueándose con furor. Pensé que ahí quedaba todo; que, como decía mi madre, allí moría el payaso. Un empate nos alejaba de la carrera por el título nacional, pero lo firmábamos con ojos cerrados luego de estar perdiendo por 3-1 a falta de cinco minutos para el pitazo final.

Y sin embargo, allí no había muerto el payaso.

—Viene el lateral que corresponde al Boys —dijeron en la transmisión por la radio que mi papá sostenía junto a mi oreja derecha. Minuto noventa y cuatro. De la Haza. Orejuela. No la suelta Orejuela. Tiempo cumplido. Aparece Carmona. Tiiiiira. ¡Gooooooool! ¡Gooooooooooooooool! ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL DE SPORT BOYS! ¡Alfredo Carmona de derecha! ¡Voltea el partido! ¡Boys ha ganado por 4-3! ¡Qué corazón el del equipo rosado! ¡Realmente eeeeespectaculaaaaaaaar!

Me pregunto qué sintió Carmona tras anotar ese gol. Mirando el resumen de ese partido en el noticiero de la noche, se puede ver la euforia del siempre calmo capitán con el 4-3 ya definitivo. No faltaba más. Es acaso el gol clave de la temporada. Es acaso el gol que todos evocaremos si alzamos la copa de campeón. Quiero creer que la imagen que recuerda antes de que todo el mundo se le fuera encima para felicitarlo es la de un padre y su hijo en la Sur. El padre acaba de cumplir los sesenta, pero el hijo se ve mucho más joven; apenas ha alcanzado la mayoría de edad. Los dos, únicos hinchas en todo el rincón suroccidental del estadio, se abrazan, saltan, gritan, lloran de la emoción. Quizás se quedarán afónicos por un par de días. No hay momento más fundacional en la relación entre un padre y un hijo que gritar un gol que le da la victoria a su equipo en el último minuto. Quisiera decirle a Verónica que también hay poesía en todo ello. Que el patriarcado nos puede succionar el alma a diario pero que un partido de fútbol nos la puede devolver aunque sea por noventa minutos.

27 de julio

La ‘Pecosa’ y yo hemos aprovechado la pausa del torneo para superar nuestros problemas haciendo actividades culturales juntos. Un cursito de enología en el Centro Cultural de la Católica (“oye, mi nueva receta vegana le viene bien a este pinot noir”), una muestra de retratos hechos por Mario Testino en una casona barranquina, una charla sobre la interseccionalidad (de)constructivista de los discursos feministas de la tercera ola, el postcolonialismo de Julia Kristeva y el neomarxismo. Y más cine francés en la Alianza (festival de Renoir, Carné y Jean Vigo), más cine francés en la Alianza (un doblete de Godard: Alphaville y Pierrot le fou) y más cine francés en la Alianza (Calcutta y Le souffle au cœur, 1969 y 1971, respectivamente).

Oh, Sampaoli, maestro y guía, solo una semanita más para que se reinicie el campeonato.

3 de agosto

¡El Torneo Clausura! ¡Vuelve el fútbol por fin!

Mi papá y yo estuvimos tentados de viajar a Ica para ver cómo nos desquitábamos de la derrota de la primera vuelta contra Estudiantes, aprovechando que Verónica se fue a pasar unos días en Máncora con su familia. Al final, preferimos ahorrarnos el viajecito y prepararnos ceviche mixto en casa para ver el juego por la tele.

Pese a que aún tenemos chances de pelear por el título nacional, hay mucho que mejorar. Primero, debemos ser más fuertes de locales. No es posible que le ganemos a Cristal y le remontemos con épica a la U pero que empatemos con Melgar y Alianza Atlético, y que suframos para derrotar al Deportivo Wanka y al Atlético Universidad (los dos coleros del campeonato). Segundo, tenemos que empezar a sacar más puntos de visita. Esos empates contra el Atlético en Sullana y el Wanka en Huancayo. Esos descalabros contra el Huaral y el Universidad en sus canchas. Nos cuesta; qué jodido. Tercero, en producción ofensiva no estamos tan mal: 34 goles en 22 partidos no es nada despreciable (aunque cinco fueran al Huaral en el Miguel Grau).

ARCHIVO EL COMERCIO

Tenemos que defender mejor, eso sí. A Cristal, que campeonó en el Apertura, le han metido ocho goles menos que a nosotros. También a Alianza Lima, que quedó debajo de los celestes. Todo está en los números. Estoy seguro de que corremos más que cualquier otro equipo del torneo, de que metemos la pierna más fuerte y de que provocamos más tiros de esquina que los demás. De nada sirven estos datos si corremos tras la pelota como pollos sin cabeza, si cometer múltiples entradas indica que nuestros centrales están constantemente fuera de su posición y de que nuestro capitán siempre lanza la pelota al segundo palo en los corners cuando apenas hemos metido un gol de jugada de estrategia (lo hizo el ‘Gringo’ Jeandet llegando desde el primer palo).

No importa. Hoy comienza el segundo capítulo de esta historia. ¡Vamos Boys!

4 de agosto

“Espero que estés disfrutando del sol piurano, mi amor. ¿Bronceada ya? Extraño tus disquisiciones sobre Judith Butler. Mi equipo empató a dos. Besos”.

28 de septiembre

Otra vez la bendita irregularidad. Le ganamos al Cristal en el Callao y a Melgar en Arequipa, pero nos gana el Atlético en Sullana y el Coronel Bolognesi en nuestra propia cancha. Sampaoli no debió permitir que se fueran Jeandet y su compadre Fórmica, caray. Para colmo, traen a Roberto Farfán, que, ya lo dice mi papá, no le mete ni un gol a mi abuelita en silla de ruedas.

Tras tres partidos consecutivos perdiendo (dos de ellos en casa), hoy tiene que ser un punto de inflexión. El equipo visita al Wanka. Hay que meterles una goleada para meternos en la lucha por el título de nuevo.

29 de septiembre

¡Cuatro señores goles para creer otra vez! Orejuela está que se sale: tres golcitos. Ya van diez este año. Johnny sigue metiendo todos los penales que nos cobran, y el ‘Hombrecito’ Sampaoli ya habla de pelear por el título. Cuatro goles para dejar de pensar en Verónica también. Por ver el partido en casa, tuve que ausentarme de una charla sobre teoría queer a la que estábamos invitados. Es la tercera vez que la dejo plantada este mes y todo por el fútbol. Últimamente anda leyendo bastante sobre cómo (des)colonizar y (des)patriarcalizar su sexualidad. Y encima tuvimos una pelea ayer. Le cuento las miserias de nuestro equipo en tono de esto-no-lo-retrata-ni-Kafka. A nuestro entrenador le deben tres meses de sueldo; los jugadores más veteranos tienen que recoger a los más jóvenes de sus casas porque a estos no les alcanza ni para la combi; Carmona tiene que comprar botellas de Gatorade de su sueldo para compartirlas en los entrenamientos una vez a la semana porque ni eso les brindan los dirigentes. Ella me sale con que es absurdo que el proletariado futbolístico no se haya levantado en armas, dadas las condiciones actuales. “Es momento de que tu equipo deje de ser una banda de huevones. Deberían hacer una huelga ya. Solo así triunfará la revolución de las masas sobre el capitalismo podrido del fútbol”. Le digo que eso no va a pasar, que lo veo muy difícil, que de qué van a comer los pobres si no juegan. Me responde que soy un ahuevado y un cómplice del sistema. Se larga sin dejarme responder. Creo que lo nuestro ya fue.

5 de noviembre

Era, como remarcó un comentarista en la previa del partido, una oportunidad de seis puntos. Visitábamos Matute con la intención de ganar, lo que implicaba tres puntos más para nosotros y tres puntos menos para las aspiraciones de Alianza. También implicaba que podíamos ponernos punteros, salir campeones al final del Torneo Clausura y jugarnos el título nacional a un solo encuentro contra el Cristal.

De noche es súper jodido ir a La Victoria. Mi papá y yo quedamos en encontrarnos a las seis de la tarde en la Plaza Manco Cápac, junto a la estatua del Inca. Desde allí, caminamos hacia el estadio en busca de algún revendedor cerca de la Tribuna Norte.

Montes de basura acumulados en las calles, rostros sospechosos que tasan nuestras pertenencias, algunos barristas con el torso desnudo cantando himnos de guerra futbolísticos.

Esta temporada no le habíamos ganado ningún partido al equipo de Gustavo Costas.

Es más, nunca le habíamos ganado a Alianza en el Alejandro Villanueva. Nunca. Jefferson Farfán y Roberto Silva eran una seria amenaza, pero yo confiaba en que Araujo y Chacón detendrían airosos la potencia goleadora blanquiazul. Los dos centrales están haciendo menos entradas que en el Apertura, pero cuando los delanteros los enfrentan en el uno contra uno, pasa la pelota o el jugador, pero nunca los dos.

Pese a que dominábamos el balón en el mediocampo, los anfitriones atacaban sin descanso. Johnny se mandó un par de atajadas de tigre. Fue su mejor partido del campeonato. El travesaño se alió con nosotros un par de veces para desesperación del Comando Svr. También creamos peligro, por supuesto. Paolo de la Haza subía por el carril derecho y hacía añicos a su marcador aunque sus centros no llegaban a concretarse en disparos al arco. El partido estaba muy disputado, con muchas faltas técnicas y poca precisión en el último toque. Yo creía que iba a terminar en empate. Mi papá incluso me dijo que sería mejor empezar a irnos al minuto ochenta para evitar el tráfico, pero cuando estaba por levantarse, un pase en profundidad encontró a Roberto Farfán al borde del área grande. Con un par de zancadas, se plantó frente a Gustavo Roverano y metió un patadón cruzado a su mano derecha. Con unos reflejos prodigiosos, el portero nos negó el gol.

—¡Uuuuuuuuuf, carajo! ¡Allí estaba el título!

Mi papá prefirió no ver lo que siguió de pura desesperación. La pelota dio botes fuera del área aliancista sin que nadie la recogiera. Las hinchadas no salíamos del asombro ante el milagro que acaba de obrar Roverano. Tampoco lo hacían los jugadores. Todos, con excepción de uno: Orejuela. Cuando vio que el balón venía hacia él mansito, delicado, angelical, no tuvo la menor duda: un derechazo con el borde interno hacia el poste más lejano. Ajustadísimo. Ni el arquero ni el defensa que se encontraba sobre la línea de gol esperaban tan magistral ejecución.

Era el minuto 85 y el árbitro Miguel Magallanes señaló el centro de la cancha. El enjuto jugador rosado mandó a callar a todo el estadio antes de que sus compañeros se le abalanzaran para abrazarlo, besarlo, idolatrarlo. Mi papá empezó a llorar. Mi corazón y yo saltamos desquiciados. Todos en la tribuna gritamos “¡Vamos Boys, vamos Boys, vamos Boys, vamos Boys, vamos Boys!” hasta el minuto final. Fue la hecatombe. Fue el éxtasis. Fue el ser líderes.

El título está al alcance de nuestra mano. Qué equipo y qué coraje el de estos proletarios rosados, como los llamaría Verónica.

8 de noviembre

Verónica anda despatriarcalizándose con su nueva chica: Cecille.

En el fútbol peruano, por otra parte, también se ha desatado una revolución. Nos enfrentábamos al Atlético Sullana en nuestro estadio pero cuando el árbitro hizo sonar su silbato, el rectángulo verde más hermoso del mundo estaba vacío y las tribunas guardaban silencio.

Una huelga de jugadores.

Los futbolistas profesionales peruanos, cansados de la informalidad de sus clubs (algunos no han recibido su sueldo desde hace seis meses), se plantan con ropa de calle en la entrada del estadio donde les toca jugar. Todos se saludan con cordialidad sin importar a qué bando pertenecen. En la cancha, enemigos; fuera, aliados en la misma lucha. En la puerta principal del Miguel Grau, alguno se atreve a cantar: “Y va a caer, y va a caer, la dictadura va a caer”. Otro responde: “El pueblo, unido, jamás será vencido”. Los técnicos los acompañan. También se ven afectados por la anarquía institucional: Sampaoli sigue durmiendo en la estación de bomberos ante la falta de pago, un jugador de un recién ascendido funge de delantero, entrenador y psicólogo del equipo a la vez, y un club de la sierra ya ha tenido tres técnicos distintos solo en el Torneo Clausura.

ARCHIVO EL COMERCIO

Después de diez minutos de silencio y confusión, Boys y Sullana acuerdan jugar con juveniles para evitar sanciones económicas y la penalización de puntos por parte de la Federación. El único gol rosado lo marcó Carlitos Ramírez pero nadie lo celebró. Aunque seguimos líderes, quién sabe qué vaya a pasar con el torneo.

Yo sólo quiero besar a Verónica y alzar la copa de campeón.

15 de noviembre

“Si no hay solución, la huelga continúa”.

Quisiera enviarle un mensaje a la ‘Pecosa’ para decirle que la crisis de nuestro fútbol visibiliza las contradicciones inherentes a la estructura de las relaciones de producción pero que los sujetos subalternos (los jugadores) sí tienen voz y agencia en contra de los amos (los dirigentes que no les pagan). Me da miedo pensar que el aficionado por las estadísticas, las formaciones y las tácticas que soy se está transformando en un intelectualoide del fútbol. ¿Es este su legado? ¿Es esto el amor?

Me entristece pensar que esta jerigonza es lo que más extraño de Verónica y no el aroma tibio de su nuca, las leves colinas de sus pechos o la sutil curvatura de su entrepierna.

12 de diciembre. 8:30 am.

Leo el inicio del artículo en El Comercio de hoy y no me lo creo:

¡Sport Boys Campeón!

La huelga de futbolistas iniciada el día 8 de noviembre no se detendrá hasta que no se haya cancelado toda la deuda. Sin embargo, en una medida extraordinaria, la Federación Peruana de Fútbol declara campeón nacional al Sport Boys. Sporting Cristal lo acompañará en la Copa Libertadores del próximo año, y Alianza Lima con Club Bolognesi de Tacna serán los representantes de Perú en la Copa Sudamericana. No habrá castigo contra los dirigentes aunque…

Me detengo allí.

—Papáaaaaaaaaaaaaaa, ¿ya viste el perióooooodicoooooo?…

Esperaba con ansias el partido de mañana para saltarme las vallas de la tribuna, invadir el campo apenas Manuel Garay hiciera sonar su silbato al final del segundo tiempo y dar la vuelta olímpica con nuestros campeones. Acaso conseguirme la camiseta de Orejuela o tomarme una foto con Sampaoli. Y abrazar a mi viejo, a quien le debo ser hincha de este glorioso club. Pero la falta de este clímax futbolístico es un poco decepcionante a decir verdad. Si hay que ser sinceros, no me dan ganas de celebrar este burdo campeonato. El ‘Hombrecito’ y sus jugadores se han rajado todo el año para conseguir un título que yo jamás en mi vida he celebrado. Ahora, los amos dictaminan que el Boys gana el torneo en la mesa pero no en la cancha, y no es eso lo que queríamos. Tantas tempestades en alta mar para que el capitán Ahab Sampaoli y sus proletarios rosados encuentren a la ballena varada e inánime en una baldía playa de piedras.

12 de diciembre. 3:33 pm.

“¡Hola! ¿Tu equipo al final campeonó, no? ¡Felicidades! Vi lo de la huelga de jugadores y sigo horrorizada por la opresión a la que están sometidos. Gracias a Cecille he descubierto con fascinación el vínculo inherente entre fútbol y política. ¡Qué alucinante! Estamos organizando un círculo de lecturas y empezaremos con un libro sobre la multiculturalidad de la selección francesa que ganó el Mundial del ’98. ¿Te nos unes?”.♦

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1 comentario

  1. Jesús HIdalgo Arrunátegui
    2 de octubre, 2017 at 5:00 pm — Responder

    No encuentro las palabras adecuadas para describir el orgullo que siento al leer este artículo tan bien detallado y contando pare de su vida de adolescente del autor. Lo acompañé muchas veces a ver al equipo de mis amores…y la mayor parte de ellos con el corazón acelerado y palpitante…sobre todo cuando jugaba en el Callao. Lo felicito de verdad y le deseo muchos éxitos escribiendo como lo está haciendo. Te pasaste Hijo.
    Vamos Boys!!!!!!

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El Hombrecito y los proletarios rosados